Las tormentas de septiembre

La película que igual no íbamos a ver. El sillón de los sueños premonitorios. El delantal. La salsa quemada. La cena. Las historias familiares. La imperiosa necesidad de no levantar la mesa y de que te quedes, de que no te vayas. Los juegos. Los juegos de nuevo. El espejo. Cosquillas. Y besos, muchos besos. La negociación por el lavado de platos a las tres de la madrugada. El cepillo de dientes. Chau luz, todo vale menos dormir. Cerrar los ojos. Saber que tenemos por delante menos de dos horas de sueño. Escuchar la alarma. Saltar, apagarla, volver a la cama y sentir que el viento y el diluvio afuera son un claro indicio de que lo mejor y menos sensato sería quedarnos. Más juegos, menos ganas de levantarme. La despedida. La ducha. La perlita que no aparece por ningún lado. El taxi. La lluvia. El jefe, el gerente, el director y el recontradirector. El café con leche en la Shell de Paseo Colón. Los clientes. El depósito que parece un barco en medio de altamar por culpa de la sudestada. Los lapsus. El viaje a Pacheco haciendo buena letra. El sol repentino. El peor cierre de mes del año. La lluvia de nuevo. 

Las ganas locas de que todo se repita.

Desperdiciar los avances de la ciencia

Durante siglos, los tratados de medicina se han ocupado de ensalzar la magnificencia del cuerpo humano y de elevarlo a la posición de “la máquina más perfecta”.

A todos los galenos que defienden esta idea ridícula les digo: bullshit. He aquí un listado de los adelantos tecnológicos con los que lamentablemente el cuerpo y la mente no cuentan.

Puertos USB Debido al sorprendente funcionamiento de mi memoria (que destina mucho espacio a cuestiones poco aplicables o que sería preferible eliminar, en lugar de dar prioridad a asuntos relevantes), me parece una desgracia no contar con un mecanismo que permita enchufar un cable y almacenar alegremente en un disco externo. Todos aquellos que hemos utilizado este método informático apreciamos la posibilidad de depositar datos en una unidad independiente, y elegir si borrarlos de la principal o simplemente dejar una copia de respaldo para momentos de futuras consultas.

Embrague Ah, esa mágica combinación de piezas que separa el motor de las ruedas a voluntad del conductor, ¡qué poco que lo valoramos! Tremendamente útil si decidiéramos que necesitamos que nuestra existencia continúe en marcha mientras cambios más o menos bruscos ocurren en las cercanías. 

Sistema de esclusas Cualquiera que haya visto un documental acerca del Canal de Panamá y que no sea fanático de la logística portuaria se quiso abrir las venas al minuto 17. Esto claramente muestra una incapacidad de extrapolación a la vida cotidiana: ¿qué pasaría si pudiéramos dividir los efectos que tiene el entorno en nosotros mediante sucesivos diques, y  elegir cuánto y cuándo dejar pasar? Es más, ni traigamos al entorno: ¿qué pasaría si lográramos aislar a gusto los distintos ámbitos de nuestras vidas, sin que los problemas familiares afectaran el desempeño laboral, por poner un ejemplo? Ajá, resulta que ahora los barcos que pasan de acá para allá con la lentitud de un caracol tienen otro atractivo.

Disyuntor Otro maravilloso invento, y eso que la electricidad mucho no se me da. A la que sentimos que hay algún tema que se descontrola y está en condiciones de dañarnos (como lo haría un exceso de corriente eléctrica a los electrodomésticos) ¡tac!, se interrumpe la circulación y no restituimos el funcionamiento hasta que el problema se ha resuelto.

Así que a todos esos individuos glorificados que descubren cómo hacer que las células que envían impulsos eléctricos al corazón se regeneren -eliminando la necesidad de usar un marcapasos-, les recomiendo que no hagan tanta alharaca hasta que no descubran algo realmente útil.

He dicho. 

Todo lo que te debo

Aproximadamente 267 horas de canciones de cuna, porque cada vez que amagabas a acostarme abría un ojo y te obligaba a hacerme upa de nuevo. Un sinfín de vestidos, camisones, cuellos de puntillas, stickers y labiales, todos extraídos de las célebres valijas en medio de grandes "Ohhhhs" y "Aaahhhhs". Cientos de risas generadas por tus comentarios ocurrentes. La precaución de poner siempre hacia atrás el mango de las sartenes porque "Cuando recién nos casamos, me enganché con el moño del delantal...". Muchas horas en la cocina, aunque las cosas no me salgan tan bien como a vos. La salsa del duende y la ensalada mágica de Nochebuena, que nunca tenían los mismos ingredientes pero siempre quedaban increíbles. Las ganas interminables de conocer el mundo. La manía de planear el próximo viaje en el mismísimo minuto en que estoy aterrizando. La devoción por las postales y los idiomas. La necesidad de estar siempre impecable. El gusto por la ropa y por las cosas lindas para la casa... supongo que buena parte de mi criterio estético, en realidad.

Y algunas otras cosas que no sé si voy a llegar a contarte ahora, pero de las que seguro te vas a enterar.

Si Ktesibios pudo, yo también.


La primera vez que fui a Europa me sorprendió sobremanera que al pedir indicaciones para llegar a algún lado, la respuesta invariablemente fuera “sigan derecho por esta calle cinco minutos” o cosa por el estilo. Después de unas cuantas de estas situaciones sobrevino el enojo que suele producirme la falta de rigor científico: del mismo modo en que si alguien pregunta la hora a nadie se le ocurre responder la posición sexagesimal en el cuadrante del reloj, la distancia se mide en unidades métricas -o sus equivalentes-. Salvo que se mencione además una velocidad, claro está.

Más tarde entendí que las calles de las ciudades europeas son tremendamente irregulares, por lo que los minutos pasaban a ser una referencia imprecisa pero aplicable. Y he de confesar que, contra mi voluntad, hasta empecé a utilizarla tanto de viaje como de vuelta en casa.

Ya que estaba, decidí extrapolar el concepto y dejar de expresar el tiempo de forma obvia, porque total de nada sirve ser tan riguroso: cuando en cuarto grado te dicen “dibuje una línea temporal” usás una regla y lápices de colores y no te hacés mayores cuestionamientos.

Así, los meses quedaron marcados por la cantidad de veces que usé el vestido azul desde que lo compré. O por las corridas en cierre de período.

Las semanas se convirtieron en los lapsos que ocurren entre cacerolazos, o alternativamente entre las clases que faltan antes de las vacaciones.

Las horas se miden en metros cúbicos de aire que quisiera haber podido embotellar y señalar con etiquetas de esas que se usaban antes.

Los minutos pasaron a ser fracción de canciones que no paran de sonar en mi cabeza.

Y los segundos son deseos de esos que se piden bajito, por miedo a que no se cumplan si alguien los escucha.

Death and taxes


Los anglosajones tienen algunos dichos increíblemente acertados. Uno muy conocido afirma que las únicas cosas inevitables en la vida son la muerte y los impuestos. En una interpretación libre de este concepto, hace algunos días les contaba que mi amiga B denominó Hacienda Pública a M por su cualidad de aparecer en los lugares y formas más extraños -a pesar de mis esfuerzos por evitarlo a toda costa-, y que logré escaparme por muy poco de topármelo de frente en el colectivo.

Ese día pensé que el SMS y el encuentro que no fue culminarían la larga cadena de absurdos asociados a su persona. Que con esta ya era más que suficiente. Que claramente se trataba de un hecho aislado: trabaja en los confines del mundo, por lo su viaje hacia el microcentro a las ocho de la mañana sólo podía explicarse mediante una de las siguientes opciones:
  • Un turno médico.
  • Un trámite personal.
  • Una reunión.

A veces yo misma me sorprendo de mi ingenuidad.

Esta mañana salí corriendo de casa, saludé al portero, mandé una súplica al grupo de WhatsApp del charter, lamenté perder un colectivo antes de cruzar, aceleré el paso hasta la parada, me alegré inmensamente al ver que venía otro, subí, pagué mi pasaje, me di vuelta, y todas mis teorías se derrumbaron. Lo vi, me vio. No había escapatoria posible.

Luego del gesto de asombro que la etiqueta exige en estos encuentros incómodos, aproveché su tendencia natural a la verborragia para hacerle unas cuantas preguntas y dejarlo discurrir. 

Así me enteré de que cambió de trabajo hace un par de meses. Misma industria, otra empresa, oficinas en Puerto Madero, con conocidos laborales en común por el mismo precio. Strike one. Vive en Palermo, no muy lejos de mi casa, aunque no retuve las coordenadas exactas. Strike two.

Está igual, idéntico. No parece haber cambiado ni un ápice. Sigue hablando hasta por los codos. Hace el mismo tipo de chistes. Mantuvo todos sus gestos típicos. Casi podría afirmar que usa el mismo perfume.

No encuentro palabras para describir lo mucho que me entusiasma ponerme al día con él todas las mañanas en el trayecto hasta la 9 de Julio.

Igualito a Echegaray


Hay cosas que claramente sólo me pasan a mí. Hechos tan pero tan absurdos que si quisiera inventar nadie me creería. Que de tan tirados de los pelos sólo pueden ser reales. 

Con el correr del tiempo deduje que la opción más racional (¡!) es que el Karma me considera un personaje entretenido, y me va poniendo en situaciones extrañas como quien mira capítulos de una sitcom mientras se baja un balde de pochoclo. A juzgar por la repetición de algunos de ellos, entre sus temas predilectos está la reaparición de muertos vivientes. De M, fundamentalmente (aunque a comienzos de este año hubo alguna actuación estelar de F).

Primero fue el llamado de año nuevo desde el exilio italiano, en pleno batifondo de festejos de aquel lado de la línea. Inexplicable, porque total ya no éramos nada en particular, porque habíamos dejado de hablar regularmente, y sobre todo porque se trataba de una comunicación de larga distancia a altas horas de la madrugada.

Luego fue la noche de la defensa de la tesis de J, cuando unos conocidos en común lo nombraron sin motivo aparente, anunciando que estaba de regreso de su búsqueda de la solución mágica en las Europas.

Meses más tarde, hallábame muy feliz tomando un café con mi amiga ME en la tarde de mi cumpleaños. En el preciso instante en que ella me preguntó si me había saludado sonó mi celular. Número desconocido. Oh, ¡sopresa!, era él. Contrariamente a mis pronósticos no había regresado a su ciudad natal, sino que decidió radicarse en Buenos Aires y comenzar a trabajar en una automotriz. Guardé el contacto en mi agenda para nunca jamás volver a atender desprevenida. 

Evidentemente el nivel de emoción de los episodios no satisfizo al Karma, así que sobrevino el encuentro con su hermana al final de un tour en París. Ridículo por donde se lo mire: amén de que estábamos del otro lado del fucking planeta, yo no la registré en todo el paseo (nunca nos habíamos visto en persona, y había borrado de mi mente el recuerdo de sus fotos), y fue ella la que me abordó para saludarme.

Después fue verlo a él (o a su doble de riesgo) en Plaza Miserere. Por esa misma época, una compañera del charter me mandó saludos de su parte: habían coincidido en la fiesta de cumpleaños de un amigo de su novio, y cuando ella comentó que trabajaba en KFA él le preguntó si me conocía. Aclaremos que sólo en Planta Pacheco trabajan cerca de 3000 personas. Nada, lo típico. 

Finalmente ocurrió el avistaje desde el 29, al poco tiempo de mudarme, hace más o menos un año. 

Frente a esta progresión geométrica de disparates, mi amiga B -que siempre encuentra las maneras más geniales de caracterizar las situaciones- sentenció sabiamente: “Es como la Hacienda Pública, a veces no llega como a ti te gustaría, pero siempre está ahí.” 

Tanta gracia me causó el comentario que cambié en mi celular M Buenos Aires por Hacienda Pública. 

Y también supe a ciencia cierta que un buen día se iban a terminar los preavisos y me lo iba a encontrar sin intermediarios.

Pues bien, esta mañana empezó como cualquier otra… al menos para mí, porque a las claras el Karma decidió reírse a sus anchas durante el desayuno. Mientras iba en el colectivo hacia la parada del charter me sonó el celular: era P, que necesitaba hacer catarsis porque un cliente había decidido desobedecer sus recomendaciones logísticas, y en un rapto de rebeldía salió a hacer una compra de insumos tan poco inteligente como costosa (no sin antes mandar un mail predefuego). Luego de algunos minutos de conversación corté, y acto seguido encontré el siguiente SMS:

Hacienda Pública ¿Estás en el 111?

Gracias al cielo estaba con anteojos de sol, lo que me permitió echar un vistazo disimulado alrededor. Vi una ceja, un ojo y parte de la mejilla de M. Siendo que no subió después que yo me habrá visto pagar, atender el teléfono, y si le quedó alguna duda acerca de mi aspecto ésta claramente quedó disipada al escuchar mi voz haciendo comentarios sobre infraestructura de depósitos.

Estando a cinco cuadras del final de mi recorrido me pareció que lo más prudente era ignorar el hecho por completo, mandar una nueva súplica de WhatsApp a mis compañeros del charter para que no se fueran sin mí, tocar el timbre y enviarle un mensaje telepático al chofer: “Por lo que más quieras, dejame bajar antes de la parada”. En esto último no tuve éxito.

Así que ya ven, queridos lectores. De la misma forma en que la AFIP persigue contribuyentes por hacer las compras en el supermercado, tener la loca idea de querer ahorrar en dólares o recibir un suculento aumento del 6.5% por inflación, la Hacienda Pública no se rinde hasta que te encuentra. 

Basta Karma, ¡ya te escuché!

Let's play Ouija Board!


Hay un concepto que usan los norteamericanos y que siempre pareció genial: el guilty pleasure. Ciertas series de tele que no pueden ser calificadas de otro modo. Ghost whisperer es un ejemplo.

La trama transcurre en el típico pueblito yankee: plaza en el centro, cafés alrededor, casas con porche, vida tranquila. Grandview -el pueblo en cuestión- es el hogar de Miranda Gordon, mujer joven que atiende una tienda de antigüedades adorable en la que personalmente gastaría varios sueldos, y está casada con un paramédico. Hasta acá, lo típico.

Bueno, resulta que Miranda es especial: hay espíritus que dejaron cuestiones pendientes en este mundo y a los que ella puede ver, así que uniendo pedacitos de lo que le cuentan o muestran y entrevistando a conocidos de los finados, encuentra el motivo que los está holding back y los ayuda a continuar su viaje hacia el más allá.

Si hasta acá no les sonó pésima, podemos sumar que:

  • Jennifer Love Hewitt, la actriz principal, es mala en su interpretación. Pero mala con ganas, ¿eh?.
  • A pesar de los clientes que visitan su bonito negocio, es inexplicable cómo logra pagar los vestidos con los que se la ve en un día cualquiera de su rutina. En los que, ya que estamos en tren de confesiones, también me gastaría varios sueldos.
  • Su matrimonio muy es perfecto. Imposiblemente perfecto.

A pesar de todo lo antedicho vi muchos capítulos porque para pasar el rato estaba bien. Y porque es muy sano tener guilty pleasures.



La tienda de antigüedades se llama Same as it never was, como podrán apreciar en la foto. Al principio me pareció un nombre bastante tonto, pero con el tiempo empecé a apreciarlo. Y si bien estoy muy feliz con muchas cosas en mi vida y estoy poniendo mucho empeño en eliminar esta mala costumbre, hay días en que deseo con todas mis ganas justo lo que reza el cartel vintage: que algunas cosas sean exactamente lo que nunca llegaron a ser.

Menú vegetariano y equilibrio utópico


Mi tía NR sostiene que una ensalada que se precie de tal debe que tener un número impar de ingredientes. NR tiene todo tipo de conceptos de este estilo que la hacen muy genial.

Yo, por mi parte, afirmo que el balance de acontecimientos en la vida es una realidad prácticamente inalcanzable: durante un lapso (semanas, meses, años, poco importa) no pasa nada, y después pasa todo junto.

Me doy cuenta de que en los últimos meses nuestras dos reglas han llegado a una intersección que a priori parecería imposible. Sin previo aviso se juntó un número impar de ingredientes, que condimentado con un número par de aderezos propios de mi personalidad suman un número impar de componentes. Esto implica que a la luz de las ideas de NR mi ensalada mental es doblemente válida (*). 

No sé si estoy lista para lidiar con un concepto tan profundo.

(*) Es evidente que no puedo sacarme la costumbre de llegar a grandes deducciones durante la madrugada... esta vez, elijo culpar a las cuatro Matemáticas que tantas horas de sueño me quitaron.

Tampoco es para tanto...


Hace un rato se me dio por pensar que la labor de Jean-François Champollion no fue tan extraordinaria después de todo. En rigor de verdad nunca acierto con su nombre, así que mi primera idea fue: “ese que tradujo los jeroglíficos no tiene tanto mérito”. Puede sonar altanero, porque a partir de los trabajos de este sujeto fue posible darle sentido a los íconos egipcios y por ende descubrir mucho sobre esa cultura, pero juro que tengo un punto. Ya que estamos, Champollion no trabajó directamente sobre la Piedra de Rosetta como creía recordar, aunque fue un elemento clave que permitió que los símbolos cobraran sentido. 

La Piedra llegó al British Museum (donde hoy se la puede admirar sin pagar un centavo) luego de dos o tres aventuras. Cuenta Wikipedia, fuente de toda sabiduría, que unos soldados franceses al mando de un general de Napoleón la encontraron cerca de la ciudad egipcia de Rashid -nombre traducido más tarde como Rosetta-, y como se les antojó que podía decir algo interesante ahí nomás se la llevaron para El Cairo para que fuera analizada por una comisión de expertos.

Año y medio más tarde, en 1801, los británicos sitiaron al ejército francés en Alejandría y como parte del botín se llevaron la Piedra (un objeto fácilmente transportable en las campañas bélicas), previas disputas diplomáticas y capitulaciones oficiales.

Así fue como la Piedra viajó en fragata para instalarse definitivamente en Londres, donde en 1802 se crearon modelos de yeso y posteriormente copias impresas, que permitieron que varios estudiosos en distintas naciones fueran desentrañando los misterios de los jeroglíficos simultáneamente. O mejor dicho, en serie.



Los primeros pasos de la traducción fueron posibles gracias a que uno de los tres fragmentos está escrito en griego, lengua muy difundida entre las grandes mentes de principios del siglo XIX. Varios intelectuales franceses, alemanes y británicos trabajaron tanto en el texto de la piedra como en identificar lo que diría la esquina perdida, y publicaron sus descubrimientos para darlos a conocer. 

Del texto en demótico, lengua originaria de Egipto en la que estaba escrita otro de los fragmentos, se ocuparon un sueco y otro francés -que no era Champollion-. Comparando las escrituras con la traducción del fragmento griego llegaron a identificar cerca de una veintena de letras que organizaron en un alfabeto desconocido hasta el momento.

El sujeto francés que había trabajado en el fragmento demótico hizo una nueva contribución a la causa: sumando las ideas de dos colegas, ayudó a que un tal Thomas Young -secretario de Relaciones Exteriores de la Royal Society- descubriera el significado de algunos de los cartuchos del texto jeroglífico. Entusiasmado con sus avances, “Young se percató de que estos caracteres se parecían a los equivalentes en la escritura demótica, y continuó señalando otras 80 similitudes entre los textos jeroglífico y demótico de la piedra”. Hasta ahora, de Champollion ni noticias… y pensar que Norma Costa lo presentaba en Historia de primer año como un semi-héroe.

En fin, resulta que Champollion y Thomas Young eran amigos por correspondencia, y que a JF le interesaban los asuntos asociados a Egipto. Hete aquí que en un rapto de inspiración en 1822 el galo identificó algunos caracteres en unas inscripciones correspondientes a un obelisco egipcio, y sumando todo lo que ya se sabía a partir de la traducción de la Piedra construyó un alfabeto de caracteres jeroglíficos y se catapultó a la fama. O sea que el mayor mérito de este señor fue exclamar “¡Basta para mí, basta para todos!”, y resulta que ahora todos lo conocemos como “el padre de la Egiptología”.

¿Sabés qué, Jean-François? Con un ejército de eruditos repartidos por media Europa y la referencia a un idioma conocido por una población considerable, cualquiera descifra que una combinación de pajaritos, serpientes, manitos, vasijas y perros relata las loas a Ptolomeo V. Te quiero ver en los tiempos que corren, intentando interpretar los mensajes que llegan por cuatro canales distintos, generando más intrigas que certezas. No hay comunidad intelectual que alcance para deducir el subtexto que se esconde en la comunicación de un día cualquiera: “entendé que [fillintheblanks] aunque no te lo esté diciendo”.

De similitudes transoceánicas y sistemas de archivo

En su reciente post Puede que me guste bailar, mi muy genial amiga B comenta que tiene (y cito textualmente) “una memoria fuera de lo normal, pero sin ninguna utilidad práctica, más allá de su capacidad para perseguirme”. Ocurre que yo padezco del mismo síndrome.

En un hecho igualmente reciente y a raíz de una discusión de esas muy trascendentes sobre los colores de una presentación de PowerPoint, hablaba con P (quien en rigor de verdad es también muy genial) sobre cómo mi mente a veces se comporta sorprendentemente igual que el Windows. Casi todo lo que contiene está archivado en carpetas que respetan alguna lógica de categorización (por fecha, por personas involucradas, por canciones que sonaban en la época). 

Algunas cosas aparecen en más de una carpeta. A veces hay sucesivas carpetas con el mismo nombre y distintas fechas. Y hay momentos en que es complicado clasificar o me aburro de hacerlo, y entonces guardo las memorias apiñadas sin ton ni son, con alguna categoría provisoria que me prometo revisar en algún momento (aunque secretamente sepa que jamás voy a hacerlo).

A veces -y también como el Windows cuando conspira en nuestra contra- me sería útil contar con una opción Ctrl+Alt+Del.

En la misma línea que estos curiosos rasgos, no logro evitar que en ciertas fechas algunas carpetas emerjan, y todos los archivos minuciosamente cerrados se descontrolen. Con el tiempo supongo que fui ganando terreno e ignorando este efecto, pero a veces querría simplemente eliminar días del calendario. Que abril pase del 8 al 11 sin escalas. Que agosto tenga tres días menos al principio. Que el 9 de julio sea un feriado patrio y no el día mágico en que Buenos Aires vio por primera vez en décadas una tímida nevada. Y ya que estamos, que Semana Santa y Navidad dejen de existir. 

Cuando le propuse este innovador concepto a B me contestó muy sabiamente que nunca se sabe lo que podrían ser esos días en el futuro. Que quizás nos estaríamos perdiendo los cumpleaños de los hijos que no tenemos todavía, por poner un ejemplo. Ok, tiene un punto.

Bueno, hoy al mediodía de golpe sentí un estrujamiento cardíaco sin motivo aparente, algo como una tristeza inexplicable. Caminando cuando me bajé del charter, poniendo una canción alegre tras otra en el iPod a ver si lograba sacudirme un poco esa sensación, me di cuenta de que es 15 de junio. Trigger. 

Buzo de rayas. Helado. Cumpleaños y día del padre. Cuaderno de matemática. Botas, pollera de jean, polera azul. Shania Twain. El juego de la vida. Señales cruzadas. El primer beso más lindo del mundo. 

El 15 de junio marca el inicio de algo que quería con todas mis ganas, tuve por un tiempo mínimo, y desapareció poco después. No, mentira, no desapareció. Se volvió confuso, difuso, nublado, indefinido y borroso. 

No es que importe mucho porque total nunca vas a leer esto, pero un pedacito de los cuarenta minutos de los viernes es pura y exclusivamente tu responsabilidad, F. 

"¡Vivamos livianamente!"


¿Quién fue la primera que me enseñó análisis sintáctico? ¿María José en tercer grado o Marta en cuarto? Para el nivel de detalle con el que suelo recordar hechos mínimos, encuentro cuanto menos notable no poder precisar con certeza un momento tan trascendente en mi vida. Cualquiera sea el caso, ¿cómo es que ninguna de ellas dos, ni Cristina, ni Jorgelina, ni Mónica, ni Pla ni Maccarone tuvieron la decencia de anticiparme cuánto iba a determinarme esa disección sin aparente utilidad para la vida diaria?

Es de locos. Sujeto. Verbo. Predicado. Subimos dos escalones de un salto: análisis semántico y morfológico. Corchetes. Llaves. Objeto directo. Pronombre. Sujeto desinencial. Objeto indirecto. Adverbio. Preposición. Conforme pasan los cursos, tendemos a pensar que en el futuro esto tendrá la misma aplicación que la existencia de las mitocondrias en las células o la definición de Nación y Estado. Un recuerdo vago mezclado en el medio de canciones y juegos y charlas de recreo. Gran error.

La mayoría de los mortales no sabe entrever en su realidad cotidiana cómo asoman las ecuaciones diferenciales y la trigonometría. En un grupo no menos selecto se encuentran los que olvidaron esas tablas infernales en las que cada palabra tiene tres niveles de actuación, por su función en la frase, por sus accidentes (qué expresión más curiosa…), y por su significado.

Hete aquí que todas las interacciones humanas se rigen por estos podridos análisis. Para probar mi punto:

Exhibit A: Con la familia. “Lo que mamá me dice en esa discusión sin pies ni cabeza no es que voy a llegar de noche saliendo al mediodía, y viajando 350 km a un promedio de 90 km por hora, porque eso no tiene ningún sentido. Las estadísticas dudosas de los accidentes en la ruta que va a Entre Ríos no vienen a cuento. En realidad el subtexto es ‘No estés ausente en el día de la madre’”.

Exhibit B: En el trabajo. “¿CÓMO VAS A PONER ESO EN LA PRESENTACIÓN? Ojo con el mensaje, que en la reunión va a estar (fill in the blanks, jefe, cliente, director)”. Ah, las delicias de la corporate bullshit.

Exhibit C: Con la pareja. “Lo que me quiso decir F por medio de esas frases inconexas fue…”. O bien “Si no elijo las palabras con cuidado, A (o J, o G, o…) va a malinterpretar todo y salir corriendo”.

Lo mismo pasa con los amigos en las charlas, con los profesores en las clases, con los políticos en sus discursos y con los periodistas en sus notas. Y no digo “con los vecinos en las reuniones de consorcio” o “con los padres en las reuniones de idem” porque esas son dos situaciones sociales en que el común de las personas no actúa según los parámetros de ninguna lógica identificable.  

Como resultado de todo esto, para comunicar lo que una quiere (o interpretar lo que los otros dicen) hay que jugar un ajedrez infernal que ni Shannon ni Jakobson fueron capaces de plasmar en sus modelos. Es necesario anticipar ocho jugadas y todas sus posibles derivaciones. Trepar un árbol de decisión de las proporciones de una sequoia milenaria. Sencillamente agotador; una cuota de calorías que más vale quemar en actividades más reconfortantes.

Y sin embargo, sin importar cuánto se planifique, anticipe, evalúe y analice, hay cosas que sencillamente ocurren fuera del libreto. Cosas no menores, que muchas veces marcan hitos o cambios de rumbo. Sobre todo eso reflexionábamos con mi amiga M, cuando se le dio por lanzar una de esas verdades indiscutibles que sólo afloran en las charlas telefónicas de medianoche: “Habría que tomar un curso con V acerca de cómo vivir más livianamente”. M no aludió en modo alguno a la ensalada en la que se ha convertido mi cabeza en los últimos tiempos, sino al modus operandi con el que se desenvuelve nuestra amiga V cualquier día.

V hizo todo el colegio con nosotras (con M más años que conmigo). Tuvo a las mismas maestras. Usó los mismos manuales de AZ y Santillana. Rindió las mismas pruebas. Sin embargo no aplica el más mínimo análisis a lo que dice o hace. Piensa, siente, se le antoja algo, y ¡zas! lo suelta sin ningún tipo de filtro y ya. Lo saca de su sistema. Representante emblemática del twitter-way-of-living, corona la mitad de sus ocurrencias con un hashtag que la pinta de cuerpo entero: #listolodije. Va por la vida como un espíritu libre, según sopla el viento... y aunque ha tenido desaciertos, no es menos verdadero que se ahorra una buena porción de stress.

No pude evitar la carcajada ante la sugerencia de M. Y no obstante, empiezo a pensar que this day and age puede que tenga un punto. La consigna es repetir como un mantra “¡Vivamos livianamente!”, y en una de esas me convenzo. 


Ja, ni los creativos de Beldent arribaron a semejante concepto.

El último vals


Algo que se ha puesto de moda desde que me mudé es que la gente que visita mi nueva casa me pregunte qué es lo próximo que quiero hacer (comprar un mueble, colgar un espejo, esas cosas). Mis principales proyectos (en orden de prioridad, y conforme voy acomodando mi presupuesto) son los siguientes:

  • Hacer una biblioteca para el living. Una de esas típicas ideas geniales que se me ocurren sólo a mí: diseñarla (con la ayuda de mi experta hermana), llevar el plano a una maderera, y pintarla con mis propias manitos. Quedó muy linda, pero a costa de muchas horas de trabajo, dolores musculares y un sorprendente aumento en el consumo de analgésicos. Ahora sólo falta traer parte de los libros que quedaron en la casa familiar.
  • Armar un mural con un conjunto de postales, posavasos, muñecas de papel y demás memorabilia de viajes, en la misma pared de la biblioteca. Esta tarea está en curso, y ocupa buena parte de mis fines de semana (es complicado explicar lo que se tarda en elegir, comprar y pintar cerca de 30 marcos de madera).
  • Terminar de pintar un estante para la pared de atrás de mi cama, que va a oficiar de cabecera. Allí pondré algunos objetos que ya tengo pensados, como un collar de mi abuela enmarcado, unas velas, alguna maceta con lavandas.
  • Cambiar la funda del sillón.
  • Hacer almohadones para el mencionado sillón. Originalmente iba a encargar unos para mi cama, pero después de una gran aventura de shopping en las vacaciones logré conseguir dos en Londres y uno en Estambul. La forma en que violé las leyes de la Física para lograr que entraran en la valija es una historia aparte.

Allá por noviembre, cuando recién me había mudado, mi tía le comentó a mamá que el mercado de San Telmo había incorporado a los puestos de productos frescos algunos de antigüedades y chucherías semejantes, y que valía la pena darse una vuelta. Como para el collar de mi abuela y los recuerdos de los viajes necesito un montón de marcos, le propuse a mi hermana ir de paseo a ver qué conseguíamos. 

Todo en este barrio me resultaba novedoso, así que tuve que fijarme qué colectivo tomar hasta allí. El mapa interactivo de la ciudad me indicó que el 29 me dejaba cerca y que la parada más próxima a mi nuevo domicilio estaba a unos 400 metros, detrás del Hospital de Niños. Las calles cortadas me complicaron un poco encontrarla pero finalmente el colectivo apareció, y con mi boleto me fui a sentar casi al fondo, con el iPod en marcha y el sol bañando las calles de Buenos Aires, en ese recorrido que era para mí un estreno.


***
Hasta hace algunos meses iba al gimnasio los sábados por la tarde. Lo más sano sería ir más de una vez a la semana, pero siendo que vuelvo a casa siempre cerca de las 8 PM y que para llegar tenía que tomar dos líneas de subte, fueron contadísimas las ocasiones en que junté voluntad, me cambié y volví a salir.


Una tarde de sábado como cualquier otra, en algún mes de invierno que ahora no logro precisar, llegué a la estación Plaza Miserere de la línea A -que queda a escaso kilómetro de la casa de mis padres-, luego de atravesar los pasillos de combinación. En la otra punta del andén me pareció verlo a M. Es verdad, estaba muy lejos como para determinarlo con total seguridad, pero tenía ropa como la que usaba él, misma altura, mismo pelo, misma forma de caminar... Inmediatamente miré para otro lado, pero de reojo monitoreaba los movimientos del sujeto. Estaba hablando por teléfono, y me llamó la atención que repentinamente se fuera del andén (el tren no había venido y claramente si estaba ahí era para esperarlo), subiera la escalera y saliera de la estación. Mientras, yo seguía con los ojos fijos en las vías, deseando que el subte llegara de una maldita vez por todas, porque básicamente no tenía ningunas ganas de encontrármelo. La espera se me hizo eterna, y en otro de mis vistazos me pareció verlo de nuevo en el andén, lo cual tenía menos sentido que la partida de unos minutos antes.

Siempre me quedó la intriga de si sería o no sería él, porque toda la secuencia de que se fuera y volviera al rato no cuadraba ni un poco. A medida que fue pasando el tiempo empecé a pensar que quizás estaba sugestionada por lo acaecido en las vacaciones, y que después de todo los jeans, las Converse rojas, la forma de caminar, la altura y el pelo castaño no son cosas tan estrafalarias, y que la gente puede decidir hartarse de esperar el subte y después cambiar de opinión.

***

Esa tarde de noviembre no tuve ni sombra de duda. Saliendo de la estación Tribunales de la línea D estaba M con toda su altura y su pelo castaño, pantalones cortos, camiseta celeste y ojotas. Salió atrás de una mujer con la que no venía, porque aparentemente estaba con otro chico que se le había adelantado unos pasos. Sonrió, siguió caminando para alcanzarlo, nunca me vio, y el colectivo continuó con su trayecto. 


En esta ciudad de 2.891.082 habitantes, 202 kilómetros cuadrados, 6 líneas de subte, 7 de tren y 144 de colectivo, sólo es cuestión de tiempo que me lo encuentre (y no en formato de preaviso, como hasta ahora). Malditas probabilidades.

Un golpe de suerte, el café de las tres...

Esta mañana llegué extrañamente a tiempo a la parada del charter (claro: salí corriendo de casa con el pelo medio mojado, dejando todo el depto bastante revuelto, llevándome puesto a un hombre a la salida de mi edificio, esquivando a un padre y a sus tres críos de camino al colectivo). 

Para celebrar mi ontimeness el charter se demoró 20 minutos. Y mientas esperábamos su gloriosa llegada, justo frente a mí y a un hombre que también sube en Carlos Pellegrini y Paraguay pasó mi profesora de Francés de B4. OK, el hecho no es tan descabellado: la Alianza está a dos cuadras de la parada. Pero igual me sorprendí, porque pasaron muchos años (casi que ni quise hacer la cuenta).

Inmediatamente me acordé de mi amiga M, y de cuando nos aburríamos del exposé de los otros y armábamos chats en mi cuaderno.

De cómo siempre me asignaban los temas difíciles para preparar, para los que sistemáticamente armaba la estructura y el contenido un poco en el 126 de camino a la facu y un poco entre clases. Y de las correcciones innecesariamente puntillosas de esta buena mujer.

De Bernardita, y de cómo su modo de hablar le daba un nuevo sentido al término agonía. 

De "¿¡¿TIENE PROBLEMAS?!?". 

De la chica de las sandalias de mal gusto que se nos unió bien avanzado el curso.

De los sueños bizarros que tuve en los meses previos a rendir, en los que invariablemente pasaba algo que hacía que perdiera la hora de preparación. Y de cómo casi se materializaron el día del examen, cuando el 23 me jugó una mala pasada.

De cómo la hora en cuestión (que de milagro no perdí) igual no me alcanzó, y tuve que usar mi actuación digna del Oscar de ese año para que no se notara delante de los examinadores que no había llegado a ninguna conclusión certera antes de exponer.

De los nervios cuando fui a buscar la nota, porque haber desaprobado ese examen dos años antes había sido un durísimo revés a mi ego parlanchín. Y de la alegría inmensa cuando encontré el resultado.

De las cosas que en esa época me preocupaban o me tenían triste. De cómo (casi) todas hoy ya no tienen ningún sentido, porque las superé o simplemente pasaron.

Y de las cosas increíblemente felices que llegaron poco después, que cambiaron radicalmente mi vida (aunque en ese entonces fuera incapaz de avisorarlas, claro está).

Y decidí que, así como muchas veces me pregunto qué significan las extrañas señales que me envía el Universo en la forma de hechos inverosímiles, ver a la profesora de B4 no puede ser otra cosa que un buen presagio.

Que se vayan todos


Los Mickey babies. Las fotos en las que no entiendo el tag. El papel de carta con flores y un poema premonitorio. El “te quiero demasiado, pero no”. La pizza de Moon Power. El helado de Saverio. El otro helado de Saverio. El cuadernito de Kio. El pronóstico del tiempo en Federación. La terminal de Retiro. El pianista de la estación de tren y el cartel del aeropuerto. El león, la bruja y el ropero. Los chocolates del local de Palermo. El vecino desubicado que no se callaba cuando ya no había nada que decir. El amigo desubicado que no entendió que ahí no tenía nada que hacer. Los proyectos basados en la solución mágica. La fabricación de celulares en Tierra del Fuego. Bette Davis y Thin White Duke. La encomienda. Los tostados después de La Farmacia. El show de magia de cerca. La entrada de la ópera. Dora la exploradora. Todas las cartas que no mandé. El juego de la vida. Buscando al Tío Lucas. Las charlas hasta las mil y quinientas, y las de toda la noche y parte de la mañana. El martes cultural de sorpresas desagradables. Los “no sabía a quién contárselo y te llamé a vos”. Las sesiones de terapia amateur y ad honorem. El domingo de pascuas y los pickles. La escalera al séptimo piso y el viaje familiar. El debate sobre las lentejuelas y el examen de Simulación. La música perfecta en el auto. Toda la familia, los amigos de la familia, los amigos del colegio, y el ortodoncista. La choco-cake. El perro, el gato, y el saludo de cumpleaños a medianoche. El examen de Estática y Resistencia de Materiales. Y el último de la carrera. El batimóvil. Los “ni sí ni no, sino todo lo contrario”. El llanto después de la tesis. La Hacienda Pública. La línea A y el 29. Las instrucciones para desmontar y despachar el obelisco egipcio. Las postales que no compré en Paris. Las pesadillas de papel picado. La pizza y el karaoke. El perno de la Tour Eiffel. El último metro de la noche en Madrid. La luna sobre Castellana. Los planteos sin sentido por todos los canales existentes. Las estaciones de servicio 24 horas. La esquina del Banco de Tokio. Los patos y el Rosedal. El vestido azul y los peep toes con cerezas. Los puntos de inflexión, los puntos y coma, y los puntos suspensivos.

El karma de la iluminación, comedia (?) en n actos

Existe una verdad universal: todos los seres humanos tienen al menos un karma... la que suscribe tiene varios. Uno de los de mi padre es cuanto menos original: cada vez que debe instalar un artefacto de luz hogareño se le presenta una dificultad. Es llamativo cómo en los más de catorce años que transcurrieron desde la mudanza todos y cada uno de los artefactos de luz han traído un problema -más grande o más chico, más o menos solucionable... o con el que haya que aprender a vivir-.

Sólo para que el espectador lo tenga en claro, los actos descriptos a continuación van en grado creciente de absurdo (y no en estricto orden cronológico).

Primer acto: Sube el telón. A se encuentra en el vestidor, un pequeño pasillo que une con el baño el dormitorio que comparte con C. A los costados de este pasillo se encuentran los placards de los mencionados. En el momento en el que empieza la acción, el protagonista se encuentra instalando un artefacto de luz que consta de tres spots dicroicos dispuestos en un "plato". Una vez instalado, el aparato funciona como corresponde por un lapso de 48 horas. A reemplaza los transformadores presumiendo que eso solucionará el inconveniente. Dos de los spots vuelven a funcionar, el restante se rehúsa. A desmantela el artefacto, lo revisa íntegramente sin mayores resultados. Antes de caer el telón, suspira y se resigna a la idea de que el artefacto nunca cumplirá su función por haber sido comprado en la misma semana en la que Fernando de la Rúa abandonara la Casa Rosada en una máquina voladora para jamás regresar.

Segundo acto: Sube el telón. A se encuentra en el dormitorio de sus hijas, J y AI, reemplazando el artefacto de luz del techo. Maniobrando peligrosamente sobre la escalera, instala un rectángulo metálico que cruza diametralmente la boca de luz; la pieza tiene un orificio en su parte central por la que debe introducirse una varilla roscada de la que colgará el plato que va pegado al techo y del cual penden tres tulipas con sendas lámparas. Milagrosamente ileso luego de la intrincada operación, descubre que la varilla roscada es demasiado corta, y que por ende el plato no puede ser instalado. Insulta desde las alturas. Luego de dirigirse a la casa de iluminación en busca de una nueva varilla de la longitud correcta se encarama nuevamente en la escalera, esta vez para descubrir que la varilla es demasiado larga. Lamentándose, acepta el hecho de que el plato no quede todo lo cerca del techo que debería. Cae el telón.

Tercer acto: Sube el telón; en este caso la acción tiene lugar en el baño de las hijas. A se dispone a instalar un set de luces diseñado por él mismo, y que en adelante será la única iluminación de la que goce el recinto, porque la obra en construcción vecina ha obligado a cerrar la ventana que hubiera otrora en la medianera. Siguiendo una corazonada que originó el problema de la longitud de la varilla, ha solicitado a quienes les encargó la materialización de su diseño que el largo de la caja metálica que contiene los spots sea menor que el necesario, previendo la falta de exactitud. Sin embargo comprueba frustrado que esta vez el problema se manifestó en otra característica, relacionada con la sujeción del conjunto al techo. Incapaz de solucionar el problema hasta el fin de semana siguiente (y luego de varias horas colgado de la escalera), abandona la tarea con un grado de frustración alarmante. Las hijas se bañan en la más absoluta oscuridad durante siete días. Cae el telón.

Cuarto acto: Sube el telón. Transcurre la época previa a la mudanza, y la familia en pleno concurre todos los fines de semana a la obra en construcción para constatar los avances. A, un indudable ejemplar del Homo Metodicus, le entrega en cada visita una hoja a R, el arquitecto, un indiscutible representante del Homo Despelotae, en la que deja constancia de las cosas que quedan por hacer/corregir/modificar. Utiliza términos precisos, medidas con un grado de incertidumbre micrométrico, y un código de colores (!!!!). R deja caer la colilla del Camel que estaba fumando, enciende el siguiente. Mira a A con un gesto que mezcla la incredulidad con la expresión que se pone frente a aquellos que han perdido el juicio irremediablemente. En varias de las hojas que A le ha entregado a R a lo largo de las semanas se especifica la disposición y el diámetro de los orificios en el techo que alojarán a los dicroicos del living. Cae el telón.

Sube el telón nuevamente. Cocina, es de tarde. La familia ya se ha mudado, y trabaja en pleno ofreciendo la imagen de una cadena fordista. Un miembro pela los cables de los spots, uno los une con los transformadores, uno corta trozos de cinta de enmascarar, uno suelda. Los spots que ya están listos para su instalación se encuentran alineados en un sector de la mesada. Una vez finalizada la operación, A los lleva al living, conecta los cables de los spots a los que dejó el electricista asomando por las bocas (en el mejor de los casos), y poco rato después los 14 artefactos cuelgan del techo, listos para ser empotrados. Cuando llega el momento de hacerlo, A descubre que las bocas son demasiado pequeñas. Como un enajenado, abre el cajón de la cocina, toma un cuchillo, y profiriendo improperios por lo bajo arremete furiosamente contra el yeso del techo, llevando el diámentro de los círculos hasta la medida necesaria. Por la ventana puede verse cómo anochece, al tiempo que cae el telón.

Nota: al momento de composición de este post (hace años), unas lámparas recientemente adquiridas para el cuarto del protagonista y su esposa no podían ser instaladas aún por un nuevo e impensado problema de diseño que no permitía ubicar las bombitas en el portalámparas y simultánamente mantener la pantalla fija sin caerse.

Cenizas, oro y tierra colorada (Tercera y última entrega)

Miércoles 27 de julio

4.35 AM

Me despierto sobresaltada sin motivo aparente. Al ver la hora, me doy media vuelta y retomo el descanso.

8.10 AM

Me levanto para ducharme y arreglarme.

9.05 AM

Terminamos de desayunar, lamentando lo desagradable que es el café. Antes de emprender el camino hacia el aeropuerto recorremos un poco el exterior de la posada.

Todo lo que nos rodea es una bruma espesa e insondable, porque no sólo estamos en medio de la selva sino además a la orilla de un río.



9.45 AM

El auto nos deja en el aeropuerto, incrementando nuestros expenditures en transporte (entre una cosa y otra, todo traslado implica 60 km y el subsecuente desembolso). Por suerte el lunes pasé por el cajero, pensando que iba a señar el dichoso departamento, así que contamos con algo más de dinero que el que llevaría a un viaje de un día.

9.57 AM

En el mostrador de Aerolíneas nos atiende una muchacha que con poco entusiasmo nos informa que hasta el mediodía no hay novedades, y que lo único que puede hacer es anotarnos en la lista de espera. Claro que como hay unos ocho vuelos diarios que ya de por sí van llenos, nuestras posibilidades no son precisamente las mejores.

C intenta averiguar en qué lugar de esa lista nos encontramos. Con la misma buena predisposición, la muchacha dice por toda respuesta "Y... la lista es variable, no te puedo decir".

11.50 AM

Nos hemos pasado toda la mañana en el aeropuerto, tomando un café un poco más razonable y esperando que nos confirmen algo, cualquier cosa.

Por el altoparlante anuncian que el vuelo en el que nos habían anotado ha sido cancelado. Maldito volcán.

12.58 PM

Mientras almorzamos hacemos algunos números: a este paso vamos a gastar lo mismo en ir y venir en auto entre la ciudad y el aeropuerto que si alquilamos uno por el día, lo cual tendría el beneficio de no depender de terceros. C llama a nuestro jefe y le consulta, felizmente tenemos vía libre.

Llamamos a la camarera para pagar, y bajamos a Avis.

1.06 PM

Avis cerró hasta media tarde, respondiendo a esa linda costumbre de la siesta que persiste en gran parte del país. OK, hace un calor de muerte, pero es un aeropuerto internacional, ¿¿¿cómo se les ocurre cerrar???

1.08 PM

Alquilar auto no es una opción, habrá que pedir otro remise. Vamos al cajero a sacar plata, y casi no nos sorprende descubrir que está fuera de servicio.

La tarde anterior uno de nuestros compañeros sugirió que si teníamos un rato libre no fuéramos a las cataratas, porque con la mala suerte que parece perseguirnos hasta puede que logremos secarlas. Comienzo a pensar que no está tan alejado de la realidad.

2.30 PM

Elegimos una opción más económica: hay un transfer que te deposita en el punto de la ciudad que solicites, así que pedimos ir al banco. Por supuesto ni bien salimos del cajero se larga una lluvia nada despreciable, así que saco el paraguas.

3.00 PM

Frente al panorama lleno de escollos, C sugiere un plan por demás entretenido: siendo punto de triple frontera, entre otras maravillas hay un gran Duty Free en tierra. No dejo que lo piense demasiado, después de todo no cualquier día tu jefe dice "Vayamos de compras". Tomamos otro remise más.

3.40 PM

Salgo feliz, con un perfume nuevo, otro para mamá, y un delineador.

4.07 PM

Pedimos al chofer que nos deje en algún lugar donde podamos conectarnos con wi-fi. Evidentemente la consigna no fue clara, porque nos deposita en un cyber café bastante maltrecho.

5.30 PM

Después de dar vueltas por la zona buscando infructuosamente dónde conectarnos, nos resignamos y tomamos un taxi hacia el segundo hotel, donde nos quedaremos si no tenemos vuelo a la noche.

9.00 PM

No hemos tenido confirmación de regreso, así que usamos el resto de la tarde en refrescarnos un poco (hace como 26 °C y nuestra ropa no es exactamente de verano), intentar responder algunos mails y adelantar algo de trabajo. C ya intercambió varios llamados con el muchacho de la agencia de turismo, que sugirió dejarnos de listas de espera y sacar un nuevo pasaje en el vuelo de la 1.45 PM al día siguiente.

11.20 PM

Es tal el agotamiento que tengo que caigo rendida sin apagar la luz ni sacarme las lentes de contacto.

Jueves 28 de julio

10.45 AM

Todos los huéspedes andan de acá para allá en short, relajados, yendo hacia la pileta. Nosotros somos los únicos que estamos dale y dale con la notebook y cara de "me quiero ir de acá de una maldita vez por todas".

Nos pasa a buscar el remise para ir al aeropuerto. Esperamos con todo nuestro corazón que sea el último.

11.30 AM

Hacemos el check in. Para mis adentros pienso que no es garantía de nada, y que sólo me lo voy a creer cuando el avión esté carreteando en Buenos Aires.

1.35 PM

Ya almorzamos, hicimos control de migraciones, y estamos esperando pacientemente embarcar. Un turista presumiblemente francés se nos acerca preocupado, haciendo notar que si el vuelo sale en diez minutos ya tendríamos que estar abordo. No sé si reírme en su cara recordándole que el pasaje es de Aerolíneas Argentinas y que la demora es casi tan certera como la tasa de aeropuerto, o darle un abrazo compasivo.

2.00 PM

El chiste de cambiar de vuelo implicó un upgrade inútil a Business Class, pero como es la primera vez que caigo tan cerca de la cabina no puedo evitar asomarme al pasillo desde mi asiento y sacar una foto.

El comandante nota esto y me dice:

- ¡Pero vení a sacarla más cerca, entrá tranquila!

So much for safety regulations.

2.12 PM

Estar sentada tan adelante tiene otros condimentos: me toca escuchar todos los controles que hacen las azafatas antes del despegue, por ejemplo el conteo de pasajeros.

Aparentemente, una mujer del personal de tierra (a quien se refieren con adjetivos que no denotan inteligencia) no les está dando el dato para cruzar con la cantidad de gente que contaron visualmente.

- ¡Decile que te pase el conteo de almas!

La frase me parece contemporánea del Titanic, y quite frankly un poco tétrica.

2.14 PM

El diálogo del conteo finaliza:

- ... o sea que 126 almas. Bueh, menos la del comandante, que la perdió hace rato.

4.20 PM

Aterrizamos en Buenos Aires.

4.45 PM

El remise que debe llevarme a mi casa no aparece. Lo llaman. Que sí, que está, que el chofer tiene camisa rosa.

Mientras sigo en la dulce espera (Diooooos, me quiero ir!!!), una mujer parada a escasos metros de distancia nota que perdió de vista a su hijo pequeño.

4.52 PM

El crío aparece, el chofer aparece, fin del viaje... falta el epílogo: los comentarios que originó nuestra prolongada ausencia.

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