Las tormentas de septiembre

La película que igual no íbamos a ver. El sillón de los sueños premonitorios. El delantal. La salsa quemada. La cena. Las historias familiares. La imperiosa necesidad de no levantar la mesa y de que te quedes, de que no te vayas. Los juegos. Los juegos de nuevo. El espejo. Cosquillas. Y besos, muchos besos. La negociación por el lavado de platos a las tres de la madrugada. El cepillo de dientes. Chau luz, todo vale menos dormir. Cerrar los ojos. Saber que tenemos por delante menos de dos horas de sueño. Escuchar la alarma. Saltar, apagarla, volver a la cama y sentir que el viento y el diluvio afuera son un claro indicio de que lo mejor y menos sensato sería quedarnos. Más juegos, menos ganas de levantarme. La despedida. La ducha. La perlita que no aparece por ningún lado. El taxi. La lluvia. El jefe, el gerente, el director y el recontradirector. El café con leche en la Shell de Paseo Colón. Los clientes. El depósito que parece un barco en medio de altamar por culpa de la sudestada. Los lapsus. El viaje a Pacheco haciendo buena letra. El sol repentino. El peor cierre de mes del año. La lluvia de nuevo. 

Las ganas locas de que todo se repita.

Desperdiciar los avances de la ciencia

Durante siglos, los tratados de medicina se han ocupado de ensalzar la magnificencia del cuerpo humano y de elevarlo a la posición de “la máquina más perfecta”.

A todos los galenos que defienden esta idea ridícula les digo: bullshit. He aquí un listado de los adelantos tecnológicos con los que lamentablemente el cuerpo y la mente no cuentan.

Puertos USB Debido al sorprendente funcionamiento de mi memoria (que destina mucho espacio a cuestiones poco aplicables o que sería preferible eliminar, en lugar de dar prioridad a asuntos relevantes), me parece una desgracia no contar con un mecanismo que permita enchufar un cable y almacenar alegremente en un disco externo. Todos aquellos que hemos utilizado este método informático apreciamos la posibilidad de depositar datos en una unidad independiente, y elegir si borrarlos de la principal o simplemente dejar una copia de respaldo para momentos de futuras consultas.

Embrague Ah, esa mágica combinación de piezas que separa el motor de las ruedas a voluntad del conductor, ¡qué poco que lo valoramos! Tremendamente útil si decidiéramos que necesitamos que nuestra existencia continúe en marcha mientras cambios más o menos bruscos ocurren en las cercanías. 

Sistema de esclusas Cualquiera que haya visto un documental acerca del Canal de Panamá y que no sea fanático de la logística portuaria se quiso abrir las venas al minuto 17. Esto claramente muestra una incapacidad de extrapolación a la vida cotidiana: ¿qué pasaría si pudiéramos dividir los efectos que tiene el entorno en nosotros mediante sucesivos diques, y  elegir cuánto y cuándo dejar pasar? Es más, ni traigamos al entorno: ¿qué pasaría si lográramos aislar a gusto los distintos ámbitos de nuestras vidas, sin que los problemas familiares afectaran el desempeño laboral, por poner un ejemplo? Ajá, resulta que ahora los barcos que pasan de acá para allá con la lentitud de un caracol tienen otro atractivo.

Disyuntor Otro maravilloso invento, y eso que la electricidad mucho no se me da. A la que sentimos que hay algún tema que se descontrola y está en condiciones de dañarnos (como lo haría un exceso de corriente eléctrica a los electrodomésticos) ¡tac!, se interrumpe la circulación y no restituimos el funcionamiento hasta que el problema se ha resuelto.

Así que a todos esos individuos glorificados que descubren cómo hacer que las células que envían impulsos eléctricos al corazón se regeneren -eliminando la necesidad de usar un marcapasos-, les recomiendo que no hagan tanta alharaca hasta que no descubran algo realmente útil.

He dicho. 

Todo lo que te debo

Aproximadamente 267 horas de canciones de cuna, porque cada vez que amagabas a acostarme abría un ojo y te obligaba a hacerme upa de nuevo. Un sinfín de vestidos, camisones, cuellos de puntillas, stickers y labiales, todos extraídos de las célebres valijas en medio de grandes "Ohhhhs" y "Aaahhhhs". Cientos de risas generadas por tus comentarios ocurrentes. La precaución de poner siempre hacia atrás el mango de las sartenes porque "Cuando recién nos casamos, me enganché con el moño del delantal...". Muchas horas en la cocina, aunque las cosas no me salgan tan bien como a vos. La salsa del duende y la ensalada mágica de Nochebuena, que nunca tenían los mismos ingredientes pero siempre quedaban increíbles. Las ganas interminables de conocer el mundo. La manía de planear el próximo viaje en el mismísimo minuto en que estoy aterrizando. La devoción por las postales y los idiomas. La necesidad de estar siempre impecable. El gusto por la ropa y por las cosas lindas para la casa... supongo que buena parte de mi criterio estético, en realidad.

Y algunas otras cosas que no sé si voy a llegar a contarte ahora, pero de las que seguro te vas a enterar.

Si Ktesibios pudo, yo también.


La primera vez que fui a Europa me sorprendió sobremanera que al pedir indicaciones para llegar a algún lado, la respuesta invariablemente fuera “sigan derecho por esta calle cinco minutos” o cosa por el estilo. Después de unas cuantas de estas situaciones sobrevino el enojo que suele producirme la falta de rigor científico: del mismo modo en que si alguien pregunta la hora a nadie se le ocurre responder la posición sexagesimal en el cuadrante del reloj, la distancia se mide en unidades métricas -o sus equivalentes-. Salvo que se mencione además una velocidad, claro está.

Más tarde entendí que las calles de las ciudades europeas son tremendamente irregulares, por lo que los minutos pasaban a ser una referencia imprecisa pero aplicable. Y he de confesar que, contra mi voluntad, hasta empecé a utilizarla tanto de viaje como de vuelta en casa.

Ya que estaba, decidí extrapolar el concepto y dejar de expresar el tiempo de forma obvia, porque total de nada sirve ser tan riguroso: cuando en cuarto grado te dicen “dibuje una línea temporal” usás una regla y lápices de colores y no te hacés mayores cuestionamientos.

Así, los meses quedaron marcados por la cantidad de veces que usé el vestido azul desde que lo compré. O por las corridas en cierre de período.

Las semanas se convirtieron en los lapsos que ocurren entre cacerolazos, o alternativamente entre las clases que faltan antes de las vacaciones.

Las horas se miden en metros cúbicos de aire que quisiera haber podido embotellar y señalar con etiquetas de esas que se usaban antes.

Los minutos pasaron a ser fracción de canciones que no paran de sonar en mi cabeza.

Y los segundos son deseos de esos que se piden bajito, por miedo a que no se cumplan si alguien los escucha.

Death and taxes


Los anglosajones tienen algunos dichos increíblemente acertados. Uno muy conocido afirma que las únicas cosas inevitables en la vida son la muerte y los impuestos. En una interpretación libre de este concepto, hace algunos días les contaba que mi amiga B denominó Hacienda Pública a M por su cualidad de aparecer en los lugares y formas más extraños -a pesar de mis esfuerzos por evitarlo a toda costa-, y que logré escaparme por muy poco de topármelo de frente en el colectivo.

Ese día pensé que el SMS y el encuentro que no fue culminarían la larga cadena de absurdos asociados a su persona. Que con esta ya era más que suficiente. Que claramente se trataba de un hecho aislado: trabaja en los confines del mundo, por lo su viaje hacia el microcentro a las ocho de la mañana sólo podía explicarse mediante una de las siguientes opciones:
  • Un turno médico.
  • Un trámite personal.
  • Una reunión.

A veces yo misma me sorprendo de mi ingenuidad.

Esta mañana salí corriendo de casa, saludé al portero, mandé una súplica al grupo de WhatsApp del charter, lamenté perder un colectivo antes de cruzar, aceleré el paso hasta la parada, me alegré inmensamente al ver que venía otro, subí, pagué mi pasaje, me di vuelta, y todas mis teorías se derrumbaron. Lo vi, me vio. No había escapatoria posible.

Luego del gesto de asombro que la etiqueta exige en estos encuentros incómodos, aproveché su tendencia natural a la verborragia para hacerle unas cuantas preguntas y dejarlo discurrir. 

Así me enteré de que cambió de trabajo hace un par de meses. Misma industria, otra empresa, oficinas en Puerto Madero, con conocidos laborales en común por el mismo precio. Strike one. Vive en Palermo, no muy lejos de mi casa, aunque no retuve las coordenadas exactas. Strike two.

Está igual, idéntico. No parece haber cambiado ni un ápice. Sigue hablando hasta por los codos. Hace el mismo tipo de chistes. Mantuvo todos sus gestos típicos. Casi podría afirmar que usa el mismo perfume.

No encuentro palabras para describir lo mucho que me entusiasma ponerme al día con él todas las mañanas en el trayecto hasta la 9 de Julio.

Igualito a Echegaray


Hay cosas que claramente sólo me pasan a mí. Hechos tan pero tan absurdos que si quisiera inventar nadie me creería. Que de tan tirados de los pelos sólo pueden ser reales. 

Con el correr del tiempo deduje que la opción más racional (¡!) es que el Karma me considera un personaje entretenido, y me va poniendo en situaciones extrañas como quien mira capítulos de una sitcom mientras se baja un balde de pochoclo. A juzgar por la repetición de algunos de ellos, entre sus temas predilectos está la reaparición de muertos vivientes. De M, fundamentalmente (aunque a comienzos de este año hubo alguna actuación estelar de F).

Primero fue el llamado de año nuevo desde el exilio italiano, en pleno batifondo de festejos de aquel lado de la línea. Inexplicable, porque total ya no éramos nada en particular, porque habíamos dejado de hablar regularmente, y sobre todo porque se trataba de una comunicación de larga distancia a altas horas de la madrugada.

Luego fue la noche de la defensa de la tesis de J, cuando unos conocidos en común lo nombraron sin motivo aparente, anunciando que estaba de regreso de su búsqueda de la solución mágica en las Europas.

Meses más tarde, hallábame muy feliz tomando un café con mi amiga ME en la tarde de mi cumpleaños. En el preciso instante en que ella me preguntó si me había saludado sonó mi celular. Número desconocido. Oh, ¡sopresa!, era él. Contrariamente a mis pronósticos no había regresado a su ciudad natal, sino que decidió radicarse en Buenos Aires y comenzar a trabajar en una automotriz. Guardé el contacto en mi agenda para nunca jamás volver a atender desprevenida. 

Evidentemente el nivel de emoción de los episodios no satisfizo al Karma, así que sobrevino el encuentro con su hermana al final de un tour en París. Ridículo por donde se lo mire: amén de que estábamos del otro lado del fucking planeta, yo no la registré en todo el paseo (nunca nos habíamos visto en persona, y había borrado de mi mente el recuerdo de sus fotos), y fue ella la que me abordó para saludarme.

Después fue verlo a él (o a su doble de riesgo) en Plaza Miserere. Por esa misma época, una compañera del charter me mandó saludos de su parte: habían coincidido en la fiesta de cumpleaños de un amigo de su novio, y cuando ella comentó que trabajaba en KFA él le preguntó si me conocía. Aclaremos que sólo en Planta Pacheco trabajan cerca de 3000 personas. Nada, lo típico. 

Finalmente ocurrió el avistaje desde el 29, al poco tiempo de mudarme, hace más o menos un año. 

Frente a esta progresión geométrica de disparates, mi amiga B -que siempre encuentra las maneras más geniales de caracterizar las situaciones- sentenció sabiamente: “Es como la Hacienda Pública, a veces no llega como a ti te gustaría, pero siempre está ahí.” 

Tanta gracia me causó el comentario que cambié en mi celular M Buenos Aires por Hacienda Pública

Y también supe a ciencia cierta que un buen día se iban a terminar los preavisos y me lo iba a encontrar sin intermediarios.

Pues bien, esta mañana empezó como cualquier otra… al menos para mí, porque a las claras el Karma decidió reírse a sus anchas durante el desayuno. Mientras iba en el colectivo hacia la parada del charter me sonó el celular: era P, que necesitaba hacer catarsis porque un cliente había decidido desobedecer sus recomendaciones logísticas, y en un rapto de rebeldía salió a hacer una compra de insumos tan poco inteligente como costosa (no sin antes mandar un mail predefuego). Luego de algunos minutos de conversación corté, y acto seguido encontré el siguiente SMS:

Hacienda Pública ¿Estás en el 111?

Gracias al cielo estaba con anteojos de sol, lo que me permitió echar un vistazo disimulado alrededor. Vi una ceja, un ojo y parte de la mejilla de M. Siendo que no subió después que yo me habrá visto pagar, atender el teléfono, y si le quedó alguna duda acerca de mi aspecto ésta claramente quedó disipada al escuchar mi voz haciendo comentarios sobre infraestructura de depósitos.

Estando a cinco cuadras del final de mi recorrido me pareció que lo más prudente era ignorar el hecho por completo, mandar una nueva súplica de WhatsApp a mis compañeros del charter para que no se fueran sin mí, tocar el timbre y enviarle un mensaje telepático al chofer: “Por lo que más quieras, dejame bajar antes de la parada”. En esto último no tuve éxito.

Así que ya ven, queridos lectores. De la misma forma en que la AFIP persigue contribuyentes por hacer las compras en el supermercado, tener la loca idea de querer ahorrar en dólares o recibir un suculento aumento del 6.5% por inflación, la Hacienda Pública no se rinde hasta que te encuentra. 

Basta Karma, ¡ya te escuché!

Let's play Ouija Board!


Hay un concepto que usan los norteamericanos y que siempre pareció genial: el guilty pleasure. Ciertas series de tele que no pueden ser calificadas de otro modo. Ghost whisperer es un ejemplo.

La trama transcurre en el típico pueblito yankee: plaza en el centro, cafés alrededor, casas con porche, vida tranquila. Grandview -el pueblo en cuestión- es el hogar de Miranda Gordon, mujer joven que atiende una tienda de antigüedades adorable en la que personalmente gastaría varios sueldos, y está casada con un paramédico. Hasta acá, lo típico.

Bueno, resulta que Miranda es especial: hay espíritus que dejaron cuestiones pendientes en este mundo y a los que ella puede ver, así que uniendo pedacitos de lo que le cuentan o muestran y entrevistando a conocidos de los finados, encuentra el motivo que los está holding back y los ayuda a continuar su viaje hacia el más allá.

Si hasta acá no les sonó pésima, podemos sumar que:

  • Jennifer Love Hewitt, la actriz principal, es mala en su interpretación. Pero mala con ganas, ¿eh?.
  • A pesar de los clientes que visitan su bonito negocio, es inexplicable cómo logra pagar los vestidos con los que se la ve en un día cualquiera de su rutina. En los que, ya que estamos en tren de confesiones, también me gastaría varios sueldos.
  • Su matrimonio muy es perfecto. Imposiblemente perfecto.

A pesar de todo lo antedicho vi muchos capítulos porque para pasar el rato estaba bien. Y porque es muy sano tener guilty pleasures.



La tienda de antigüedades se llama Same as it never was, como podrán apreciar en la foto. Al principio me pareció un nombre bastante tonto, pero con el tiempo empecé a apreciarlo. Y si bien estoy muy feliz con muchas cosas en mi vida y estoy poniendo mucho empeño en eliminar esta mala costumbre, hay días en que deseo con todas mis ganas justo lo que reza el cartel vintage: que algunas cosas sean exactamente lo que nunca llegaron a ser.

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