Tampoco es para tanto...
Hace un rato se me dio por pensar que la labor de Jean-François Champollion no fue tan extraordinaria después de todo. En rigor de verdad nunca acierto con su nombre, así que mi primera idea fue: “ese que tradujo los jeroglíficos no tiene tanto mérito”. Puede sonar altanero, porque a partir de los trabajos de este sujeto fue posible darle sentido a los íconos egipcios y por ende descubrir mucho sobre esa cultura, pero juro que tengo un punto. Ya que estamos, Champollion no trabajó directamente sobre la Piedra de Rosetta como creía recordar, aunque fue un elemento clave que permitió que los símbolos cobraran sentido.
La Piedra llegó al British Museum (donde hoy se la puede admirar sin pagar un centavo) luego de dos o tres aventuras. Cuenta Wikipedia, fuente de toda sabiduría, que unos soldados franceses al mando de un general de Napoleón la encontraron cerca de la ciudad egipcia de Rashid -nombre traducido más tarde como Rosetta-, y como se les antojó que podía decir algo interesante ahí nomás se la llevaron para El Cairo para que fuera analizada por una comisión de expertos.
Año y medio más tarde, en 1801, los británicos sitiaron al ejército francés en Alejandría y como parte del botín se llevaron la Piedra (un objeto fácilmente transportable en las campañas bélicas), previas disputas diplomáticas y capitulaciones oficiales.
Así fue como la Piedra viajó en fragata para instalarse definitivamente en Londres, donde en 1802 se crearon modelos de yeso y posteriormente copias impresas, que permitieron que varios estudiosos en distintas naciones fueran desentrañando los misterios de los jeroglíficos simultáneamente. O mejor dicho, en serie.
Los primeros pasos de la traducción fueron posibles gracias a que uno de los tres fragmentos está escrito en griego, lengua muy difundida entre las grandes mentes de principios del siglo XIX. Varios intelectuales franceses, alemanes y británicos trabajaron tanto en el texto de la piedra como en identificar lo que diría la esquina perdida, y publicaron sus descubrimientos para darlos a conocer.
Del texto en demótico, lengua originaria de Egipto en la que estaba escrita otro de los fragmentos, se ocuparon un sueco y otro francés -que no era Champollion-. Comparando las escrituras con la traducción del fragmento griego llegaron a identificar cerca de una veintena de letras que organizaron en un alfabeto desconocido hasta el momento.
El sujeto francés que había trabajado en el fragmento demótico hizo una nueva contribución a la causa: sumando las ideas de dos colegas, ayudó a que un tal Thomas Young -secretario de Relaciones Exteriores de la Royal Society- descubriera el significado de algunos de los cartuchos del texto jeroglífico. Entusiasmado con sus avances, “Young se percató de que estos caracteres se parecían a los equivalentes en la escritura demótica, y continuó señalando otras 80 similitudes entre los textos jeroglífico y demótico de la piedra”. Hasta ahora, de Champollion ni noticias… y pensar que Norma Costa lo presentaba en Historia de primer año como un semi-héroe.
En fin, resulta que Champollion y Thomas Young eran amigos por correspondencia, y que a JF le interesaban los asuntos asociados a Egipto. Hete aquí que en un rapto de inspiración en 1822 el galo identificó algunos caracteres en unas inscripciones correspondientes a un obelisco egipcio, y sumando todo lo que ya se sabía a partir de la traducción de la Piedra construyó un alfabeto de caracteres jeroglíficos y se catapultó a la fama. O sea que el mayor mérito de este señor fue exclamar “¡Basta para mí, basta para todos!”, y resulta que ahora todos lo conocemos como “el padre de la Egiptología”.
¿Sabés qué, Jean-François? Con un ejército de eruditos repartidos por media Europa y la referencia a un idioma conocido por una población considerable, cualquiera descifra que una combinación de pajaritos, serpientes, manitos, vasijas y perros relata las loas a Ptolomeo V. Te quiero ver en los tiempos que corren, intentando interpretar los mensajes que llegan por cuatro canales distintos, generando más intrigas que certezas. No hay comunidad intelectual que alcance para deducir el subtexto que se esconde en la comunicación de un día cualquiera: “entendé que [fillintheblanks] aunque no te lo esté diciendo”.
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1 comments:
Otra que Bolzano.
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