Si Ktesibios pudo, yo también.
La primera vez que fui a Europa me sorprendió sobremanera que al pedir indicaciones para llegar a algún lado, la respuesta
invariablemente fuera “sigan derecho por esta calle cinco minutos” o cosa por
el estilo. Después de unas cuantas de estas situaciones sobrevino el enojo que suele
producirme la falta de rigor científico: del mismo modo en que si alguien pregunta la hora a nadie se le ocurre responder la posición sexagesimal en el cuadrante del reloj, la distancia se mide en unidades
métricas -o sus equivalentes-. Salvo que se mencione además una velocidad,
claro está.
Más tarde entendí que las calles de las ciudades europeas
son tremendamente irregulares, por lo que los minutos pasaban a ser una referencia imprecisa pero aplicable. Y he de confesar que, contra mi voluntad,
hasta empecé a utilizarla tanto de viaje como de vuelta en casa.
Ya que estaba, decidí extrapolar el concepto y dejar de expresar
el tiempo de forma obvia, porque total de nada sirve ser tan riguroso: cuando
en cuarto grado te dicen “dibuje una línea temporal” usás una regla y lápices
de colores y no te hacés mayores cuestionamientos.
Así, los meses quedaron marcados por la cantidad de veces
que usé el vestido azul desde que lo compré. O por las corridas en cierre de
período.
Las semanas se convirtieron en los lapsos que ocurren entre
cacerolazos, o alternativamente entre las clases que faltan antes de las
vacaciones.
Las horas se miden en metros cúbicos de aire que quisiera
haber podido embotellar y señalar con etiquetas de esas que se usaban antes.
Los minutos pasaron a ser fracción de canciones que no paran
de sonar en mi cabeza.
Y los segundos son deseos de esos que se piden bajito, por
miedo a que no se cumplan si alguien los escucha.
Subscribe to:
Post Comments (Atom)
0 comments:
Post a Comment