El karma de la iluminación, comedia (?) en n actos

Existe una verdad universal: todos los seres humanos tienen al menos un karma... la que suscribe tiene varios. Uno de los de mi padre es cuanto menos original: cada vez que debe instalar un artefacto de luz hogareño se le presenta una dificultad. Es llamativo cómo en los más de catorce años que transcurrieron desde la mudanza todos y cada uno de los artefactos de luz han traído un problema -más grande o más chico, más o menos solucionable... o con el que haya que aprender a vivir-.

Sólo para que el espectador lo tenga en claro, los actos descriptos a continuación van en grado creciente de absurdo (y no en estricto orden cronológico).

Primer acto: Sube el telón. A se encuentra en el vestidor, un pequeño pasillo que une con el baño el dormitorio que comparte con C. A los costados de este pasillo se encuentran los placards de los mencionados. En el momento en el que empieza la acción, el protagonista se encuentra instalando un artefacto de luz que consta de tres spots dicroicos dispuestos en un "plato". Una vez instalado, el aparato funciona como corresponde por un lapso de 48 horas. A reemplaza los transformadores presumiendo que eso solucionará el inconveniente. Dos de los spots vuelven a funcionar, el restante se rehúsa. A desmantela el artefacto, lo revisa íntegramente sin mayores resultados. Antes de caer el telón, suspira y se resigna a la idea de que el artefacto nunca cumplirá su función por haber sido comprado en la misma semana en la que Fernando de la Rúa abandonara la Casa Rosada en una máquina voladora para jamás regresar.

Segundo acto: Sube el telón. A se encuentra en el dormitorio de sus hijas, J y AI, reemplazando el artefacto de luz del techo. Maniobrando peligrosamente sobre la escalera, instala un rectángulo metálico que cruza diametralmente la boca de luz; la pieza tiene un orificio en su parte central por la que debe introducirse una varilla roscada de la que colgará el plato que va pegado al techo y del cual penden tres tulipas con sendas lámparas. Milagrosamente ileso luego de la intrincada operación, descubre que la varilla roscada es demasiado corta, y que por ende el plato no puede ser instalado. Insulta desde las alturas. Luego de dirigirse a la casa de iluminación en busca de una nueva varilla de la longitud correcta se encarama nuevamente en la escalera, esta vez para descubrir que la varilla es demasiado larga. Lamentándose, acepta el hecho de que el plato no quede todo lo cerca del techo que debería. Cae el telón.

Tercer acto: Sube el telón; en este caso la acción tiene lugar en el baño de las hijas. A se dispone a instalar un set de luces diseñado por él mismo, y que en adelante será la única iluminación de la que goce el recinto, porque la obra en construcción vecina ha obligado a cerrar la ventana que hubiera otrora en la medianera. Siguiendo una corazonada que originó el problema de la longitud de la varilla, ha solicitado a quienes les encargó la materialización de su diseño que el largo de la caja metálica que contiene los spots sea menor que el necesario, previendo la falta de exactitud. Sin embargo comprueba frustrado que esta vez el problema se manifestó en otra característica, relacionada con la sujeción del conjunto al techo. Incapaz de solucionar el problema hasta el fin de semana siguiente (y luego de varias horas colgado de la escalera), abandona la tarea con un grado de frustración alarmante. Las hijas se bañan en la más absoluta oscuridad durante siete días. Cae el telón.

Cuarto acto: Sube el telón. Transcurre la época previa a la mudanza, y la familia en pleno concurre todos los fines de semana a la obra en construcción para constatar los avances. A, un indudable ejemplar del Homo Metodicus, le entrega en cada visita una hoja a R, el arquitecto, un indiscutible representante del Homo Despelotae, en la que deja constancia de las cosas que quedan por hacer/corregir/modificar. Utiliza términos precisos, medidas con un grado de incertidumbre micrométrico, y un código de colores (!!!!). R deja caer la colilla del Camel que estaba fumando, enciende el siguiente. Mira a A con un gesto que mezcla la incredulidad con la expresión que se pone frente a aquellos que han perdido el juicio irremediablemente. En varias de las hojas que A le ha entregado a R a lo largo de las semanas se especifica la disposición y el diámetro de los orificios en el techo que alojarán a los dicroicos del living. Cae el telón.

Sube el telón nuevamente. Cocina, es de tarde. La familia ya se ha mudado, y trabaja en pleno ofreciendo la imagen de una cadena fordista. Un miembro pela los cables de los spots, uno los une con los transformadores, uno corta trozos de cinta de enmascarar, uno suelda. Los spots que ya están listos para su instalación se encuentran alineados en un sector de la mesada. Una vez finalizada la operación, A los lleva al living, conecta los cables de los spots a los que dejó el electricista asomando por las bocas (en el mejor de los casos), y poco rato después los 14 artefactos cuelgan del techo, listos para ser empotrados. Cuando llega el momento de hacerlo, A descubre que las bocas son demasiado pequeñas. Como un enajenado, abre el cajón de la cocina, toma un cuchillo, y profiriendo improperios por lo bajo arremete furiosamente contra el yeso del techo, llevando el diámentro de los círculos hasta la medida necesaria. Por la ventana puede verse cómo anochece, al tiempo que cae el telón.

Nota: al momento de composición de este post (hace años), unas lámparas recientemente adquiridas para el cuarto del protagonista y su esposa no podían ser instaladas aún por un nuevo e impensado problema de diseño que no permitía ubicar las bombitas en el portalámparas y simultánamente mantener la pantalla fija sin caerse.

2 comments:

Blanca said...

Jajajajajaajjajaajaja...y la luz...¿se hizo?

Sherezade said...

Eventually... jajajjajajaj!! Cuando mis padres leyeron esto estallaron en carcajadas, y ayer lo recordaban...

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