Las tormentas de septiembre
La película que igual no íbamos a ver. El sillón de los sueños premonitorios. El delantal. La salsa quemada. La cena. Las historias familiares. La imperiosa necesidad de no levantar la mesa y de que te quedes, de que no te vayas. Los juegos. Los juegos de nuevo. El espejo. Cosquillas. Y besos, muchos besos. La negociación por el lavado de platos a las tres de la madrugada. El cepillo de dientes. Chau luz, todo vale menos dormir. Cerrar los ojos. Saber que tenemos por delante menos de dos horas de sueño. Escuchar la alarma. Saltar, apagarla, volver a la cama y sentir que el viento y el diluvio afuera son un claro indicio de que lo mejor y menos sensato sería quedarnos. Más juegos, menos ganas de levantarme. La despedida. La ducha. La perlita que no aparece por ningún lado. El taxi. La lluvia. El jefe, el gerente, el director y el recontradirector. El café con leche en la Shell de Paseo Colón. Los clientes. El depósito que parece un barco en medio de altamar por culpa de la sudestada. Los lapsus. El viaje a Pacheco haciendo buena letra. El sol repentino. El peor cierre de mes del año. La lluvia de nuevo.
Las ganas locas de que todo se repita.
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