El último vals


Algo que se ha puesto de moda desde que me mudé es que la gente que visita mi nueva casa me pregunte qué es lo próximo que quiero hacer (comprar un mueble, colgar un espejo, esas cosas). Mis principales proyectos (en orden de prioridad, y conforme voy acomodando mi presupuesto) son los siguientes:

  • Hacer una biblioteca para el living. Una de esas típicas ideas geniales que se me ocurren sólo a mí: diseñarla (con la ayuda de mi experta hermana), llevar el plano a una maderera, y pintarla con mis propias manitos. Quedó muy linda, pero a costa de muchas horas de trabajo, dolores musculares y un sorprendente aumento en el consumo de analgésicos. Ahora sólo falta traer parte de los libros que quedaron en la casa familiar.
  • Armar un mural con un conjunto de postales, posavasos, muñecas de papel y demás memorabilia de viajes, en la misma pared de la biblioteca. Esta tarea está en curso, y ocupa buena parte de mis fines de semana (es complicado explicar lo que se tarda en elegir, comprar y pintar cerca de 30 marcos de madera).
  • Terminar de pintar un estante para la pared de atrás de mi cama, que va a oficiar de cabecera. Allí pondré algunos objetos que ya tengo pensados, como un collar de mi abuela enmarcado, unas velas, alguna maceta con lavandas.
  • Cambiar la funda del sillón.
  • Hacer almohadones para el mencionado sillón. Originalmente iba a encargar unos para mi cama, pero después de una gran aventura de shopping en las vacaciones logré conseguir dos en Londres y uno en Estambul. La forma en que violé las leyes de la Física para lograr que entraran en la valija es una historia aparte.

Allá por noviembre, cuando recién me había mudado, mi tía le comentó a mamá que el mercado de San Telmo había incorporado a los puestos de productos frescos algunos de antigüedades y chucherías semejantes, y que valía la pena darse una vuelta. Como para el collar de mi abuela y los recuerdos de los viajes necesito un montón de marcos, le propuse a mi hermana ir de paseo a ver qué conseguíamos. 

Todo en este barrio me resultaba novedoso, así que tuve que fijarme qué colectivo tomar hasta allí. El mapa interactivo de la ciudad me indicó que el 29 me dejaba cerca y que la parada más próxima a mi nuevo domicilio estaba a unos 400 metros, detrás del Hospital de Niños. Las calles cortadas me complicaron un poco encontrarla pero finalmente el colectivo apareció, y con mi boleto me fui a sentar casi al fondo, con el iPod en marcha y el sol bañando las calles de Buenos Aires, en ese recorrido que era para mí un estreno.


***
Hasta hace algunos meses iba al gimnasio los sábados por la tarde. Lo más sano sería ir más de una vez a la semana, pero siendo que vuelvo a casa siempre cerca de las 8 PM y que para llegar tenía que tomar dos líneas de subte, fueron contadísimas las ocasiones en que junté voluntad, me cambié y volví a salir.


Una tarde de sábado como cualquier otra, en algún mes de invierno que ahora no logro precisar, llegué a la estación Plaza Miserere de la línea A -que queda a escaso kilómetro de la casa de mis padres-, luego de atravesar los pasillos de combinación. En la otra punta del andén me pareció verlo a M. Es verdad, estaba muy lejos como para determinarlo con total seguridad, pero tenía ropa como la que usaba él, misma altura, mismo pelo, misma forma de caminar... Inmediatamente miré para otro lado, pero de reojo monitoreaba los movimientos del sujeto. Estaba hablando por teléfono, y me llamó la atención que repentinamente se fuera del andén (el tren no había venido y claramente si estaba ahí era para esperarlo), subiera la escalera y saliera de la estación. Mientras, yo seguía con los ojos fijos en las vías, deseando que el subte llegara de una maldita vez por todas, porque básicamente no tenía ningunas ganas de encontrármelo. La espera se me hizo eterna, y en otro de mis vistazos me pareció verlo de nuevo en el andén, lo cual tenía menos sentido que la partida de unos minutos antes.

Siempre me quedó la intriga de si sería o no sería él, porque toda la secuencia de que se fuera y volviera al rato no cuadraba ni un poco. A medida que fue pasando el tiempo empecé a pensar que quizás estaba sugestionada por lo acaecido en las vacaciones, y que después de todo los jeans, las Converse rojas, la forma de caminar, la altura y el pelo castaño no son cosas tan estrafalarias, y que la gente puede decidir hartarse de esperar el subte y después cambiar de opinión.

***

Esa tarde de noviembre no tuve ni sombra de duda. Saliendo de la estación Tribunales de la línea D estaba M con toda su altura y su pelo castaño, pantalones cortos, camiseta celeste y ojotas. Salió atrás de una mujer con la que no venía, porque aparentemente estaba con otro chico que se le había adelantado unos pasos. Sonrió, siguió caminando para alcanzarlo, nunca me vio, y el colectivo continuó con su trayecto. 


En esta ciudad de 2.891.082 habitantes, 202 kilómetros cuadrados, 6 líneas de subte, 7 de tren y 144 de colectivo, sólo es cuestión de tiempo que me lo encuentre (y no en formato de preaviso, como hasta ahora). Malditas probabilidades.

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