Menú vegetariano y equilibrio utópico
Mi tía NR sostiene que una ensalada que se precie de tal debe que tener un número impar de ingredientes. NR tiene todo tipo de conceptos de este estilo que la hacen muy genial.
Yo, por mi parte, afirmo que el balance de acontecimientos en la vida es una realidad prácticamente inalcanzable: durante un lapso (semanas, meses, años, poco importa) no pasa nada, y después pasa todo junto.
Me doy cuenta de que en los últimos meses nuestras dos reglas han llegado a una intersección que a priori parecería imposible. Sin previo aviso se juntó un número impar de ingredientes, que condimentado con un número par de aderezos propios de mi personalidad suman un número impar de componentes. Esto implica que a la luz de las ideas de NR mi ensalada mental es doblemente válida (*).
No sé si estoy lista para lidiar con un concepto tan profundo.
(*) Es evidente que no puedo sacarme la costumbre de llegar a grandes deducciones durante la madrugada... esta vez, elijo culpar a las cuatro Matemáticas que tantas horas de sueño me quitaron.
11:19 PM | Labels: Sigmund... teléfono. | 0 Comments
Tampoco es para tanto...
Hace un rato se me dio por pensar que la labor de Jean-François Champollion no fue tan extraordinaria después de todo. En rigor de verdad nunca acierto con su nombre, así que mi primera idea fue: “ese que tradujo los jeroglíficos no tiene tanto mérito”. Puede sonar altanero, porque a partir de los trabajos de este sujeto fue posible darle sentido a los íconos egipcios y por ende descubrir mucho sobre esa cultura, pero juro que tengo un punto. Ya que estamos, Champollion no trabajó directamente sobre la Piedra de Rosetta como creía recordar, aunque fue un elemento clave que permitió que los símbolos cobraran sentido.
La Piedra llegó al British Museum (donde hoy se la puede admirar sin pagar un centavo) luego de dos o tres aventuras. Cuenta Wikipedia, fuente de toda sabiduría, que unos soldados franceses al mando de un general de Napoleón la encontraron cerca de la ciudad egipcia de Rashid -nombre traducido más tarde como Rosetta-, y como se les antojó que podía decir algo interesante ahí nomás se la llevaron para El Cairo para que fuera analizada por una comisión de expertos.
Año y medio más tarde, en 1801, los británicos sitiaron al ejército francés en Alejandría y como parte del botín se llevaron la Piedra (un objeto fácilmente transportable en las campañas bélicas), previas disputas diplomáticas y capitulaciones oficiales.
Así fue como la Piedra viajó en fragata para instalarse definitivamente en Londres, donde en 1802 se crearon modelos de yeso y posteriormente copias impresas, que permitieron que varios estudiosos en distintas naciones fueran desentrañando los misterios de los jeroglíficos simultáneamente. O mejor dicho, en serie.
Los primeros pasos de la traducción fueron posibles gracias a que uno de los tres fragmentos está escrito en griego, lengua muy difundida entre las grandes mentes de principios del siglo XIX. Varios intelectuales franceses, alemanes y británicos trabajaron tanto en el texto de la piedra como en identificar lo que diría la esquina perdida, y publicaron sus descubrimientos para darlos a conocer.
Del texto en demótico, lengua originaria de Egipto en la que estaba escrita otro de los fragmentos, se ocuparon un sueco y otro francés -que no era Champollion-. Comparando las escrituras con la traducción del fragmento griego llegaron a identificar cerca de una veintena de letras que organizaron en un alfabeto desconocido hasta el momento.
El sujeto francés que había trabajado en el fragmento demótico hizo una nueva contribución a la causa: sumando las ideas de dos colegas, ayudó a que un tal Thomas Young -secretario de Relaciones Exteriores de la Royal Society- descubriera el significado de algunos de los cartuchos del texto jeroglífico. Entusiasmado con sus avances, “Young se percató de que estos caracteres se parecían a los equivalentes en la escritura demótica, y continuó señalando otras 80 similitudes entre los textos jeroglífico y demótico de la piedra”. Hasta ahora, de Champollion ni noticias… y pensar que Norma Costa lo presentaba en Historia de primer año como un semi-héroe.
En fin, resulta que Champollion y Thomas Young eran amigos por correspondencia, y que a JF le interesaban los asuntos asociados a Egipto. Hete aquí que en un rapto de inspiración en 1822 el galo identificó algunos caracteres en unas inscripciones correspondientes a un obelisco egipcio, y sumando todo lo que ya se sabía a partir de la traducción de la Piedra construyó un alfabeto de caracteres jeroglíficos y se catapultó a la fama. O sea que el mayor mérito de este señor fue exclamar “¡Basta para mí, basta para todos!”, y resulta que ahora todos lo conocemos como “el padre de la Egiptología”.
¿Sabés qué, Jean-François? Con un ejército de eruditos repartidos por media Europa y la referencia a un idioma conocido por una población considerable, cualquiera descifra que una combinación de pajaritos, serpientes, manitos, vasijas y perros relata las loas a Ptolomeo V. Te quiero ver en los tiempos que corren, intentando interpretar los mensajes que llegan por cuatro canales distintos, generando más intrigas que certezas. No hay comunidad intelectual que alcance para deducir el subtexto que se esconde en la comunicación de un día cualquiera: “entendé que [fillintheblanks] aunque no te lo esté diciendo”.
8:04 PM | | 1 Comments
De similitudes transoceánicas y sistemas de archivo
En su reciente post Puede que me guste bailar, mi muy genial amiga B comenta que tiene (y cito textualmente) “una memoria fuera de lo normal, pero sin ninguna utilidad práctica, más allá de su capacidad para perseguirme”. Ocurre que yo padezco del mismo síndrome.
En un hecho igualmente reciente y a raíz de una discusión de esas muy trascendentes sobre los colores de una presentación de PowerPoint, hablaba con P (quien en rigor de verdad es también muy genial) sobre cómo mi mente a veces se comporta sorprendentemente igual que el Windows. Casi todo lo que contiene está archivado en carpetas que respetan alguna lógica de categorización (por fecha, por personas involucradas, por canciones que sonaban en la época).
Algunas cosas aparecen en más de una carpeta. A veces hay sucesivas carpetas con el mismo nombre y distintas fechas. Y hay momentos en que es complicado clasificar o me aburro de hacerlo, y entonces guardo las memorias apiñadas sin ton ni son, con alguna categoría provisoria que me prometo revisar en algún momento (aunque secretamente sepa que jamás voy a hacerlo).
A veces -y también como el Windows cuando conspira en nuestra contra- me sería útil contar con una opción Ctrl+Alt+Del.
En la misma línea que estos curiosos rasgos, no logro evitar que en ciertas fechas algunas carpetas emerjan, y todos los archivos minuciosamente cerrados se descontrolen. Con el tiempo supongo que fui ganando terreno e ignorando este efecto, pero a veces querría simplemente eliminar días del calendario. Que abril pase del 8 al 11 sin escalas. Que agosto tenga tres días menos al principio. Que el 9 de julio sea un feriado patrio y no el día mágico en que Buenos Aires vio por primera vez en décadas una tímida nevada. Y ya que estamos, que Semana Santa y Navidad dejen de existir.
Cuando le propuse este innovador concepto a B me contestó muy sabiamente que nunca se sabe lo que podrían ser esos días en el futuro. Que quizás nos estaríamos perdiendo los cumpleaños de los hijos que no tenemos todavía, por poner un ejemplo. Ok, tiene un punto.
Bueno, hoy al mediodía de golpe sentí un estrujamiento cardíaco sin motivo aparente, algo como una tristeza inexplicable. Caminando cuando me bajé del charter, poniendo una canción alegre tras otra en el iPod a ver si lograba sacudirme un poco esa sensación, me di cuenta de que es 15 de junio. Trigger.
Buzo de rayas. Helado. Cumpleaños y día del padre. Cuaderno de matemática. Botas, pollera de jean, polera azul. Shania Twain. El juego de la vida. Señales cruzadas. El primer beso más lindo del mundo.
El 15 de junio marca el inicio de algo que quería con todas mis ganas, tuve por un tiempo mínimo, y desapareció poco después. No, mentira, no desapareció. Se volvió confuso, difuso, nublado, indefinido y borroso.
No es que importe mucho porque total nunca vas a leer esto, pero un pedacito de los cuarenta minutos de los viernes es pura y exclusivamente tu responsabilidad, F.
5:39 PM | Labels: Sigmund... teléfono. | 2 Comments
"¡Vivamos livianamente!"
¿Quién fue la primera que me
enseñó análisis sintáctico? ¿María José en tercer grado o Marta en cuarto? Para
el nivel de detalle con el que suelo recordar hechos mínimos, encuentro cuanto
menos notable no poder precisar con certeza un momento tan trascendente en mi
vida. Cualquiera sea el caso, ¿cómo es que ninguna de ellas dos, ni Cristina, ni
Jorgelina, ni Mónica, ni Pla ni Maccarone tuvieron la decencia de anticiparme
cuánto iba a determinarme esa disección sin aparente utilidad para la vida
diaria?
Es de locos. Sujeto. Verbo.
Predicado. Subimos dos escalones de un salto: análisis semántico y morfológico.
Corchetes. Llaves. Objeto directo. Pronombre. Sujeto desinencial. Objeto
indirecto. Adverbio. Preposición. Conforme pasan los cursos, tendemos a pensar
que en el futuro esto tendrá la misma aplicación que la existencia de las
mitocondrias en las células o la definición de Nación y Estado. Un recuerdo
vago mezclado en el medio de canciones y juegos y charlas de recreo. Gran
error.
La mayoría de los mortales no
sabe entrever en su realidad cotidiana cómo asoman las ecuaciones diferenciales
y la trigonometría. En un grupo no menos selecto se encuentran los que olvidaron
esas tablas infernales en las que cada palabra tiene tres niveles de actuación,
por su función en la frase, por sus accidentes (qué expresión más curiosa…), y
por su significado.
Hete aquí que todas las
interacciones humanas se rigen por estos podridos análisis. Para probar mi punto:
Exhibit A: Con la familia. “Lo
que mamá me dice en esa discusión sin pies ni cabeza no es que voy a llegar de
noche saliendo al mediodía, y viajando 350 km a un promedio de 90 km por hora,
porque eso no tiene ningún sentido. Las estadísticas dudosas de los accidentes
en la ruta que va a Entre Ríos no vienen a cuento. En realidad el subtexto es ‘No
estés ausente en el día de la madre’”.
Exhibit B: En el trabajo. “¿CÓMO
VAS A PONER ESO EN LA PRESENTACIÓN? Ojo con el mensaje, que en la reunión va a
estar (fill in the blanks, jefe, cliente, director)”. Ah, las delicias de la
corporate bullshit.
Exhibit C: Con la pareja. “Lo que
me quiso decir F por medio de esas frases inconexas fue…”. O bien “Si no elijo
las palabras con cuidado, A (o J, o G, o…) va a malinterpretar todo y salir
corriendo”.
Lo mismo pasa con los amigos en las charlas, con
los profesores en las clases, con los políticos en sus discursos y con los periodistas en sus
notas. Y no digo “con los vecinos en las reuniones de consorcio” o “con los
padres en las reuniones de idem” porque esas son dos situaciones sociales en
que el común de las personas no actúa según los parámetros de ninguna lógica
identificable.
Como resultado de todo esto, para
comunicar lo que una quiere (o interpretar lo que los otros dicen) hay que
jugar un ajedrez infernal que ni Shannon ni Jakobson fueron capaces de plasmar
en sus modelos. Es necesario anticipar ocho jugadas y todas sus posibles
derivaciones. Trepar un árbol de decisión de las proporciones de una sequoia
milenaria. Sencillamente agotador; una cuota de calorías que más vale quemar en
actividades más reconfortantes.
Y sin embargo, sin importar
cuánto se planifique, anticipe, evalúe y analice, hay cosas que sencillamente
ocurren fuera del libreto. Cosas no menores, que muchas veces marcan hitos o
cambios de rumbo. Sobre todo eso reflexionábamos con mi amiga M, cuando se le
dio por lanzar una de esas verdades indiscutibles que sólo afloran en las charlas
telefónicas de medianoche: “Habría que tomar un curso con V acerca de cómo
vivir más livianamente”. M no aludió en modo alguno a la ensalada en la que se
ha convertido mi cabeza en los últimos tiempos, sino al modus operandi con el que se desenvuelve nuestra amiga V cualquier día.
V hizo todo el colegio con
nosotras (con M más años que conmigo). Tuvo a las mismas maestras. Usó los
mismos manuales de AZ y Santillana. Rindió las mismas pruebas. Sin embargo no
aplica el más mínimo análisis a lo que dice o hace. Piensa, siente, se le
antoja algo, y ¡zas! lo suelta sin ningún tipo de filtro y ya. Lo saca de su
sistema. Representante emblemática del twitter-way-of-living, corona la mitad
de sus ocurrencias con un hashtag que la pinta de cuerpo entero: #listolodije. Va por la vida como un espíritu libre, según sopla el viento... y aunque ha tenido desaciertos, no es menos verdadero que se ahorra una buena porción de stress.
No pude evitar la carcajada ante
la sugerencia de M. Y no obstante, empiezo a pensar que this day and age puede
que tenga un punto. La consigna es repetir como un mantra “¡Vivamos livianamente!”, y en una de esas me convenzo.
Ja, ni los creativos de Beldent arribaron a semejante concepto.
Ja, ni los creativos de Beldent arribaron a semejante concepto.
10:04 PM | Labels: Sigmund... teléfono. | 5 Comments
El último vals
Algo que se ha puesto de moda desde que me mudé es que la
gente que visita mi nueva casa me pregunte qué es lo próximo que quiero hacer
(comprar un mueble, colgar un espejo, esas cosas). Mis principales proyectos
(en orden de prioridad, y conforme voy acomodando mi presupuesto) son los siguientes:
- Hacer una biblioteca para el living. Una de esas típicas ideas geniales que se me ocurren sólo a mí: diseñarla (con la ayuda de mi experta hermana), llevar el plano a una maderera, y pintarla con mis propias manitos. Quedó muy linda, pero a costa de muchas horas de trabajo, dolores musculares y un sorprendente aumento en el consumo de analgésicos. Ahora sólo falta traer parte de los libros que quedaron en la casa familiar.
- Armar un mural con un conjunto de postales, posavasos, muñecas de papel y demás memorabilia de viajes, en la misma pared de la biblioteca. Esta tarea está en curso, y ocupa buena parte de mis fines de semana (es complicado explicar lo que se tarda en elegir, comprar y pintar cerca de 30 marcos de madera).
- Terminar de pintar un estante para la pared de atrás de mi cama, que va a oficiar de cabecera. Allí pondré algunos objetos que ya tengo pensados, como un collar de mi abuela enmarcado, unas velas, alguna maceta con lavandas.
- Cambiar la funda del sillón.
- Hacer almohadones para el mencionado sillón. Originalmente iba a encargar unos para mi cama, pero después de una gran aventura de shopping en las vacaciones logré conseguir dos en Londres y uno en Estambul. La forma en que violé las leyes de la Física para lograr que entraran en la valija es una historia aparte.
Allá por
noviembre, cuando recién me había mudado, mi tía le comentó a mamá que el
mercado de San Telmo había incorporado a los puestos de productos frescos
algunos de antigüedades y chucherías semejantes, y que valía la pena darse una
vuelta. Como para el collar de mi abuela y los recuerdos de los viajes necesito
un montón de marcos, le propuse a mi hermana ir de paseo a ver qué
conseguíamos.
Todo en
este barrio me resultaba novedoso, así que tuve que fijarme qué colectivo tomar
hasta allí. El mapa interactivo de la ciudad me indicó que el 29 me dejaba
cerca y que la parada más próxima a mi nuevo domicilio estaba a unos 400
metros, detrás del Hospital de Niños. Las calles cortadas me complicaron un
poco encontrarla pero finalmente el colectivo apareció, y con mi boleto
me fui a sentar casi al fondo, con el iPod en marcha y el sol bañando las
calles de Buenos Aires, en ese recorrido que era para mí un estreno.
***
Hasta
hace algunos meses iba al gimnasio los sábados por la tarde. Lo más sano sería
ir más de una vez a la semana, pero siendo que vuelvo a casa siempre cerca de
las 8 PM y que para llegar tenía que tomar dos líneas de subte, fueron
contadísimas las ocasiones en que junté voluntad, me cambié y volví a salir.
Una tarde de sábado como cualquier otra, en algún mes de
invierno que ahora no logro precisar, llegué a la estación Plaza Miserere de la
línea A -que queda a escaso kilómetro de la casa de mis padres-, luego de
atravesar los pasillos de combinación. En la otra punta del andén me pareció
verlo a M. Es verdad, estaba muy lejos como para determinarlo con total
seguridad, pero tenía ropa como la que usaba él, misma altura, mismo pelo,
misma forma de caminar... Inmediatamente miré para otro lado, pero de reojo
monitoreaba los movimientos del sujeto. Estaba hablando por teléfono, y me
llamó la atención que repentinamente se fuera del andén (el tren no había
venido y claramente si estaba ahí era para esperarlo), subiera la escalera y
saliera de la estación. Mientras, yo seguía con los ojos fijos en las vías,
deseando que el subte llegara de una maldita vez por todas, porque básicamente
no tenía ningunas ganas de encontrármelo. La espera se me hizo eterna, y en
otro de mis vistazos me pareció verlo de nuevo en el andén, lo cual tenía menos
sentido que la partida de unos minutos antes.
Siempre me quedó la intriga de si sería o no sería él,
porque toda la secuencia de que se fuera y volviera al rato no cuadraba ni un
poco. A medida que fue pasando el tiempo empecé a pensar que quizás estaba
sugestionada por lo acaecido en las vacaciones, y que después de todo los
jeans, las Converse rojas, la forma de caminar, la altura y el pelo castaño no
son cosas tan estrafalarias, y que la gente puede decidir hartarse de esperar
el subte y después cambiar de opinión.
***
Esa tarde de noviembre no tuve ni sombra de duda. Saliendo de la estación Tribunales de la línea D estaba M con toda su altura y su pelo castaño, pantalones cortos, camiseta celeste y ojotas. Salió atrás de una mujer con la que no venía, porque aparentemente estaba con otro chico que se le había adelantado unos pasos. Sonrió, siguió caminando para alcanzarlo, nunca me vio, y el colectivo continuó con su trayecto.
En esta ciudad de 2.891.082 habitantes, 202 kilómetros cuadrados, 6 líneas de subte, 7 de tren y 144 de colectivo, sólo es cuestión de tiempo que me lo encuentre (y no en formato de preaviso, como hasta ahora). Malditas probabilidades.
4:00 PM | Labels: The twilight zone | 0 Comments
Un golpe de suerte, el café de las tres...
Esta mañana llegué extrañamente a tiempo a la parada del charter (claro: salí corriendo de casa con el pelo medio mojado, dejando todo el depto bastante revuelto, llevándome puesto a un hombre a la salida de mi edificio, esquivando a un padre y a sus tres críos de camino al colectivo).
Para celebrar mi ontimeness el charter se demoró 20 minutos. Y mientas esperábamos su gloriosa llegada, justo frente a mí y a un hombre que también sube en Carlos Pellegrini y Paraguay pasó mi profesora de Francés de B4. OK, el hecho no es tan descabellado: la Alianza está a dos cuadras de la parada. Pero igual me sorprendí, porque pasaron muchos años (casi que ni quise hacer la cuenta).
Inmediatamente me acordé de mi amiga M, y de cuando nos aburríamos del exposé de los otros y armábamos chats en mi cuaderno.
De cómo siempre me asignaban los temas difíciles para preparar, para los que sistemáticamente armaba la estructura y el contenido un poco en el 126 de camino a la facu y un poco entre clases. Y de las correcciones innecesariamente puntillosas de esta buena mujer.
De Bernardita, y de cómo su modo de hablar le daba un nuevo sentido al término agonía.
De "¿¡¿TIENE PROBLEMAS?!?".
De la chica de las sandalias de mal gusto que se nos unió bien avanzado el curso.
De los sueños bizarros que tuve en los meses previos a rendir, en los que invariablemente pasaba algo que hacía que perdiera la hora de preparación. Y de cómo casi se materializaron el día del examen, cuando el 23 me jugó una mala pasada.
De cómo la hora en cuestión (que de milagro no perdí) igual no me alcanzó, y tuve que usar mi actuación digna del Oscar de ese año para que no se notara delante de los examinadores que no había llegado a ninguna conclusión certera antes de exponer.
De los sueños bizarros que tuve en los meses previos a rendir, en los que invariablemente pasaba algo que hacía que perdiera la hora de preparación. Y de cómo casi se materializaron el día del examen, cuando el 23 me jugó una mala pasada.
De cómo la hora en cuestión (que de milagro no perdí) igual no me alcanzó, y tuve que usar mi actuación digna del Oscar de ese año para que no se notara delante de los examinadores que no había llegado a ninguna conclusión certera antes de exponer.
De los nervios cuando fui a buscar la nota, porque haber desaprobado ese examen dos años antes había sido un durísimo revés a mi ego parlanchín. Y de la alegría inmensa cuando encontré el resultado.
De las cosas que en esa época me preocupaban o me tenían triste. De cómo (casi) todas hoy ya no tienen ningún sentido, porque las superé o simplemente pasaron.
Y de las cosas increíblemente felices que llegaron poco después, que cambiaron radicalmente mi vida (aunque en ese entonces fuera incapaz de avisorarlas, claro está).
Y decidí que, así como muchas veces me pregunto qué significan las extrañas señales que me envía el Universo en la forma de hechos inverosímiles, ver a la profesora de B4 no puede ser otra cosa que un buen presagio.
5:19 PM | | 2 Comments
Que se vayan todos
Los Mickey babies. Las fotos en las que no entiendo
el tag. El papel de carta con flores y un poema premonitorio. El “te quiero
demasiado, pero no”. La pizza de Moon Power. El helado de Saverio. El otro helado de Saverio. El cuadernito de
Kio. El pronóstico del tiempo en Federación. La terminal de Retiro. El pianista
de la estación de tren y el cartel del aeropuerto. El león, la bruja y el
ropero. Los chocolates del local de Palermo. El vecino desubicado que no se
callaba cuando ya no había nada que decir. El amigo desubicado que no entendió
que ahí no tenía nada que hacer. Los proyectos basados en la solución mágica. La
fabricación de celulares en Tierra del Fuego. Bette Davis y Thin White Duke. La
encomienda. Los tostados después de La Farmacia. El show de magia de cerca. La
entrada de la ópera. Dora la exploradora. Todas las cartas que no mandé. El
juego de la vida. Buscando al Tío Lucas. Las charlas hasta las mil y
quinientas, y las de toda la noche y parte de la mañana. El martes cultural de
sorpresas desagradables. Los “no sabía a quién contárselo y te llamé a vos”.
Las sesiones de terapia amateur y ad
honorem. El domingo de pascuas y los pickles. La escalera al séptimo piso y el viaje familiar. El debate sobre las
lentejuelas y el examen de Simulación. La música perfecta en el auto. Toda la
familia, los amigos de la familia, los amigos del colegio, y el ortodoncista.
La choco-cake. El perro, el gato, y el saludo de cumpleaños a medianoche. El
examen de Estática y Resistencia de Materiales. Y el último de la carrera. El
batimóvil. Los “ni sí ni no, sino todo lo contrario”. El llanto después de la
tesis. La Hacienda Pública. La línea A y el 29. Las instrucciones para
desmontar y despachar el obelisco egipcio. Las postales que no compré en Paris.
Las pesadillas de papel picado. La pizza y el karaoke. El perno de la Tour
Eiffel. El último metro de la noche en Madrid. La luna sobre Castellana. Los
planteos sin sentido por todos los canales existentes. Las estaciones de
servicio 24 horas. La esquina del Banco de Tokio. Los patos y el Rosedal. El vestido
azul y los peep toes con cerezas. Los puntos de inflexión, los puntos y coma, y
los puntos suspensivos.
8:57 AM | | 2 Comments
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